Cabalgata a Pampa Nueva
Entre el valle de Azapa y la quebrada de Acha-Higueras hay una pampa irregular de suelo blando y con subidas y bajadas que son la delicia de los motociclistas todo-terreno. Llegar a ella a caballo partiendo desde mi casa en Azapa es un lindo paseo que muestra varias de las interesantes peculiaridades de Arica. Hace años conocimos todos los recovecos de esa zona en motos, pero nunca los disfrutamos más que cuando la recorrimos a caballo. Como nos pareció interesante exponerla, a fines de agosto del 2006 repetimos una vez más la cabalgata por puro gusto y para fotografiarla.
La tropa estaba compuesta por mi amigo Carlos Requena montado al potro que en otra parte de este e-book aparece cubriendo a mi yegua Sumalla. Este tenía muy mal comportamiento cuando lo compramos en la cordillera (Putre), pero Carlos y su hijo Carlitos ya lo habían transformado en un animal con el cual un buen jinete podía cabalgar con tranquilidad. Nos acompañó mi nieto Israel, por entonces un jinete con un muy eficiente equilibrio y que ya saltaba muy bien y tenía cierta experiencia en cabalgatas campestres; montaba al Quinterano, la enorme, confiable pero a veces porfiada bestia que quiso ser elefante. Paula, mi hija mayor, por entonces aprendiendo en Nivel Básico (sin estribos) en el Centro Ecuestre, montaba a la vieja Tayka, benigna pero que abusa de los principiantes, aparejada con una montura australiana y obviamente con estribos. Nuestro amigo adolescente, Egon, un buen jinete sin instrucción formal, montaba a la Chiquitita, de muy buen genio pero que le gusta patear a quien se le aproxima. A medio camino Egon e Israel intercambiaron a sus cabalgaduras pues el Quinterano no le obedecía a mi nieto. Egon, con más experiencia, sí lo consiguió y montó por primera vez sobre una silla tropera. Para Israel, quien inició su aprendizaje alternando sillas de huaso y troperas, el cambio de aparejo le fue indiferente pues iba caminando por la senda que me parece lógica: un jinete de verdad monta mulas, machos o caballos con cualquier aparejo. Estaba empezando bien pero le faltaban décadas para aprender a imponerse a un caballo y tener la capacidad de Carlos para liderar una cabalgata serrana, aunque a su vez Carlos no se sienta cómodo con las sillas planas.
Un pensamiento: el deber de un alumno es superar a su instructor. Un consejo: ninguna tropa que se aventura por el descampado puede carecer de un líder capacitado para resolver TODOS los problemas.
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A poco de salir de mi casa. Nótese que mi nieto y mi hija usan casquetes. Es tanto o más recomendable que abrochar el cinturón de seguridad en un vehículo motorizado...
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Es difícil tomar fotografías durante una cabalgata. Mi Sumalla y yo teníamos subir y bajar cerros de tiempo en tiempo, alejándonos de la tropa para conseguir una buena posición para tomar las fotos. Algunos caballos se resisten a o se ponen muy nerviosos cuando se les aparta de la tropa, pero mi yegua, difícil y hasta traicionera con quien no la conoce, es capaz de viajar al infierno si se lo logro ordenar antes de que intente huir. Me esmeré desde el inicio de la cabalgata en demostrarle que yo mandaría sin “peros” y así me aseguré que la tarea de fotógrafo no presentara problemas.
Casi al frente de mi casa, hacia el sur, hay un camino de tierra que con pocos vericuetos permite llegar a los faldeos del Cerro Sombrero, provisto de geoglifos elaborados con diferentes técnicas y los restos de una aldea prehispánica que creemos que era el campamento de los caravaneros de la sierra y del altiplano que desde hace más de 1.000 años venían a intercambiar su lana y carne desecada (charqui o ch’arkhi) por productos del mar.
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El Cerro Sobrero y sus reliquias (1000-1400 d.C.) a unos 6km de la costa, con unas 470 habitaciones delimitadas por las rayas rojas. Continuando las pircas, las paredes estaban constituidas por palos y cueros de animales o lobo marino. El círculo amarillo destaca a un geoglifo de una llama con técnica extractiva; el celeste, a un shamán con técnica aditiva.
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En los faldeos del Cerro Sombrero. Atrás apenas se ve el geoglifo que muestra a una llama (de color más claro).
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Pero antes de llegar al Cerro Sombrero hay que atravesar el lecho del río San José, el cual está seco la mayor parte del año pero desciende, a veces con un gran caudal, durante el verano, que es la época de las lluvias en el altiplano y la sierra. Pues ahora estaba seco y podría parecer carente de interés, pero allí se pueden encontrar algunas plantas de la hoy escasa flor oficial de Arica, el Chuve, de la cual se alimenta el Picaflor de Arica (Eulidia yarrellii), el cual es probablemente la segunda ave más pequeña del mundo: sólo pesa 3-4g y mide 8cm de pico a cola.
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La comitiva posando frente a un Chuve.
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Detalle de la flor del Chuve.
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Luego de atravesar el río y un corto transcurrir entre algodonales y maracuyás, llegamos al faldeo norte del Cerro Sombrero y luego nos dirigimos hacia el Este, para luego virar al Sur para pasar entre el Cerro Sombrero y los geoglifos de La Tropilla.
En ese trayecto pasamos al borde de la aldea ya mencionada, con cientos de estructuras habitacionales y un centro ceremonial.
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Cerro Sombrero. Detalle de las plataformas que sustentaban a los recintos habitacionales.
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Nuestra pequeña tropa vista desde los recintos más bajos de la Aldea del Cerro Sombrero.
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Si mis compañeros de viaje no hubieran conocido la historia de la aldea podríamos haber estado largo tiempo relatando su historia, descita en el e-book “Arica, Territorio Andino” en este mismo website o CD.
Hay una más o menos amplia explanada entre el Cerro Sombrero y el de La tropilla, que lleva a los geogliflos Danzarines pasando al borde del peculiar Club de Golf que ocupa terrenos desérticos que poco a poco, gracias a una tecnificada utilización de los recursos hídricos, se transforman en campos de cultivo.
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Los espacios dedicados a la agricultura en Arica crecen con rapidez gracias a una tecnología de regadío que debe ser la más sofisticada de Chile. Nuestras “exportaciones agrícolas” al resto del país son una importante fuente de ingresos para nosotros, pero Chile se resiste a catalogarnos como territorio agrícola con los beneficios pertinentes.
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Muy cerca, más geoglifos
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Geoglifo con técnica aditiva que muestra a un chamán (tocado cefálico) y a un par de personajes tal vez danzando, en una de las colinas adyacentes al Cerro Sombrero.
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y luego nos internamos en la pampa estéril que sería un vergel si pudiéramos utilizar los inmensos recursos hídricos subterráneos que parece que existen pero que oficialmente se desconocen pues los expertos gubernamentales descartan la evidencia de ricas “venas de agua” independientes de la capa freática subyacente a los lechos de los ríos. Como yo me quedé atrás tomando fotografías, aproveché de probar a mi yegua, no entrenada para saltar (ni yo tampoco). La enfrenté a galope controlado hacia un bajo y algo ancho montículo y lo saltó sin titubeos. Tal vez no tenía más de 50cm de alto y ancho, pero me hizo sentirme orgulloso de su espíritu y contento de los resultados de su “monogamia” (casi nadie más que yo la monta). Cuando no ha conseguido vencerme con ninguno de sus alegatos iniciales, es una delicia cabalgarla, pero siempre atento a que le cambie el genio por lo que sea que a los humanos nos parece poca cosa. Así entrenamos a nuestros caballos: con paciencia, cuando la ocasión se presenta, sin castigos pero con irrenunciable decisión. Y así vamos aprendiendo nosotros también...
El tema del agua es muy complejo para relatarlo aquí, pero David Johnson, un investigador norteamericano, me ha mostrado en nuestro territorio interesantes evidencias de su existencia y posible caudal, extrapolando lo que ha descubierto en Nazca (
https://www.eggi.com/ken/peru/hypothesis.htm). Por ejemplo, aunque habría mucho más que decir al respecto, en el
talweg de la quebrada de Acha hay un pozo de unos 30m de profundidad que nunca obtuvo agua pero a un par de centenares de metros, en la ladera norte de la quebrada y a una decena de metros por encima del nivel del lecho seco, otro pozo tiene agua a menos de 3m de profundidad. Obviamente esta agua proviene del norte, tal vez de la cuenca del Titikaka y fallas geológicas (muy abundantes en la zona) tal vez obstruyen el curso de la capa freática independiente de los lechos de los ríos con una pared subterránea impermeable y la obligan a descender hacia el sur, a veces emergiendo como “puquios” a una altura superior al piso del valle. Mayores detalles en
www.aricaacaballo.com/arica_territorio_andino/arica_territorio_000233.htm. Pues queremos más agua pero no se hace mucho por buscar nuevas alternativas. Dejemos este tema y sigamos con la cabalgata...
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Entrando a la árida pampa bajo la cual tal vez transcurren caudales de agua que se pierden en el océano...
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A poco andar aparece al fondo la sede del Club de Golf:.
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Al rozar los límites del Club de Golf, mi nieto de 10 años no comprende que en vez de caminar los golfistas se movilizan en vehículos eléctricos. Acostumbrado a los deportes que requieren esfuerzos físicos como el rugby, surf y equitación me dice: “Tata, pensar que gente más joven que tú sólo anda en carritos”. En vez de halagarme me hizo sentir muuuuy viejo. Es que con él ya hemos sudado recorriendo tanto de nuestra tierra, que no comprende la vida sedentaria...
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Para no estropear las canchas del Club de Golf ascendimos pequeñas colinas para circundarlo. Paula, con el equilibrio conseguido montando sin estribos en el Centro Ecuestre, había adquirido confianza y no tuvo ninguna dificultad para galopar cerro arriba, lo que es harto más brusco y desestabilizador que hacerlo en terreno plano:
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Paula y Carlos galopando cerro arriba.
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Aquí insisto una vez más en los beneficios de la instrucción ecuestre formal. En el campo ella cabalga con estribos y a la par de nosotros, pero tiene que terminar su aprendizaje básico antes de aprender a controlar eficientemente a un caballo. En el Centro Ecuestre aun no la dejaban cabalgar con estribos, para consolidar su capacidad de montar en silla independiente, pero la protege el picadero bien cercado. Allí y aun al trote, debe hacer ejercicios que yo no podría hacer, como hincarse en la silla y desplazar sus brazos en diferentes posiciones. Yo me caería al primer intento, pero a la vez sé controlar a un animal difícil en terreno abierto. Cuando ella pueda hacer lo mismo y haya acumulado suficientes horas de cabalgata y montado diversos animales, me superará largamente...
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Paula ejercitándose en el nivel más básico del Centro ecuestre, pocos días antes de la cabalgata que describo.
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A los pies de los geoglifos “Danzarines”. Como nunca antes en mis visitas anteriores, había gente que había llegado hasta allí en un vehículo 4x4 y nos observaban con atención. ¿Habrán sentido una sana envidia?: no me cabe duda pues hay algo indescriptible que hace a los humanos relacionarse con los caballos.
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Luego nos adentramos en la pampa plana y disfrutamos galopando sin límites ni destino antes de emprender el regreso.
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Galopando sin destino ni restricciones por la pampa...
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Al atardecer, ya en mi parcela a menos de 2km del límite urbano y después de un reponedor asado, una vez más comentamos la maravilla de vivir en Arica. Los caballos ciertamente disfrutaron del paseo pues parece que nos quieren tanto como nosotros a ellos. Paula comprendió en terreno los beneficios de la instrucción ecuestre formal. Mi nieto Israel (alias el “matacaballos” por su aficción al galope), ya un excelente jinete de picadero, agotó a su cabalgadura galopando ascensos, descensos y saltando obstáculos menores. Egon comentaba sus primeras experiencias con una silla tropera y Carlos y yo escuchábamos con orgullo de instructores a nuestros retoños.
Si nos hubiera acompañado un turista estaría encantado por la cabalgata en sí y por el fascinante entorno geográfico, las reliquias prehispánicas que rozamos y lo que le habríamos relatado de su historia y trascendencia. Para Carlos y para mí, habiendo recorrido ya tanto de nuestro territorio, esto es rutina, pero intensamente enriquecida por lo que nuestros retoños aprendieron en términos ecuestres y de identidad regional. Creo que nos costaría mucho dejar de vivir la aventura de ser ariqueños...