Un esfuerzo “novelado” para comprender mejor a los Incas 
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Para que se entienda este relato 
 
Hace agunos decenios compartimos en la sierra y en mi casa de Azapa varios días inolvidables con un grupo grande de buenos amigos santiaguinos, adultos jóvenes afables y sin las complicaciones de quienes quieren aparentar importancia. Una tarde, mientras todos disfrutaban de este campo tan peculiar nuestro, decidí dedicar algunas horas para escribir un relato liviano que tratara de explicar lo que es Arica utilizando argumentos históricos. Las horas se transformaron en meses y los meses en años y finalmente se gestó un libro, “La Verdadera Historia de Arica”, el cual, en un leguaje vernácula, con buen humor, cargado de ironías y relatado en primera persona por un personaje de fantasía, Chuspi, ciertamente consiguió mi propósito. Eventualmente el libro se empezó a vender, tuvo muy buena acogida y hasta hubo un proyecto en Suecia para hacer de él una obra teatral. Ya se habían vendido unos 500 ejemplares cuando la Municipalidad, Sernatur y la Universidad de Tarapacá, en conversaciones informales, me pidieron que lo reescribiera en forma más académica para darle mayor difusión. Y así, tras varias versiones intermedias de las que se vendieron o regalaron unos 1.000 ejemplares, nació el e-book que están leyendo. 
 
Es que el tema de Arica era demasiado, realmente demasiado extenso como para publicarlo en papel con todas las fotografías que me parecían indispensables. Y yo quería que su acceso fuera gratuito y su compleja interacción de definiciones, descripciones y temas no requiriera del martirio de empezar leyendo el libro desde la primera hasta la última página, sino que se pudiera explorar con facilidad y profundidad cada tema y hasta donde el lector lo quisiera. Y para eso, pues ya había nacido la técnica del hiperlink, llevada a su máxima expresión popular con el formato .HTM. Y eso es lo que se llama un e-book y lo subí al Internet (como 4.000 páginas e ilustraciones) y desde entonces ha recibido ya no sé cuántos miles de visitas. Pero perdió el encanto de mi regalón, el original “La Verdadera Historia de Arica”. Éste contenía información seria pero tratada livianamente, con fuertes dosis de irónicos comentarios referentes a los principios “occidentales” del Chile actual. Estaba relatado en primera persona por un personaje ficticio, travieso, mujeriego y en virtud de cierta magia, conocedor y participante de todas las aventuras culturales de la humanidad entera, capaz de trasladarse a cualquier parte del mundo en cualquier época para prepararse para su misión de cuidar a Arica y darla a conocer. Pese a todos los esplendores de todo tipo que conoció y vivió, adoraba a su Arica. 
 
Hay un tema pobremente tratado en el actual e-book: la descripción de la sociedad incaica a la llegada de los españoles. Es un tema larguisimo y bien tratado en muchos libros académicos. Pues Chuspi intentó mostrar la esencia de esa manera de vida ofreciendo en su libro, a título de Anexo, un relato novelado, basado en crónicas de los conquistadores españoles y eso lo incluyo en esta sección para aportar sólo un pantallazo de cómo se urdían los enredos del poder en aquella época, aunque no concuerde con el carácter semi-enciclopédico de este e-book.  
 
Pero antes de leer su cuento, tienen que conocer a Chuspi. El mismo se describe así
 
Hace 7.000 y tantos años yo era un muchacho de 15 años muy travieso y sobre todo muy preguntón, que vivía cerca de la playa con mi grupo familiar cuando comenzaban a crearse las famosas momias del Chinchorro
 
Un día estaba yo buceando a los pies del Morro, buscando comida como era el deber de los varones de la época, cuando un tremendo temblor de tierra me dejó caer unos grandes pedazos del Morro encima y no supe más hasta que, desde el más allá, observé con asombro cómo me lloraban mis “padres” y “hermanos”, algo muy poco usual en esa época en la cual ver morir a sus familiares era cosa común. Por entonces nadie creía en el mas allá y las momias se empezaban a fabricar sólo como objetos de cultos mágicos, pero parece que conmigo hicieron una excepción pues los tíos pensaban que yo iba derechito a ser una especie de brujo porque me preocupaba de las moscas, de la mortalidad infantil y andaba siempre inventando cosas nuevas que a todos les parecían raras, así es que parece que en el proceso de momificación hicieron algunas excepciones notables cuyo detalle desconozco por haber estado completamente muerto en ese breve período de mi larga vida. 
 
Cuentan que mi mamá echó lágrimas, yantén y otras yerbas aromáticas a la mezcla de cenizas y arena con que se rearmaba el cuerpo a partir del esqueleto, mi hermana me ató a la muñeca un pescadito de piedra que alguien había encontrado en las montañas (hoy sé que se llaman fósiles) y así muchos se desprendieron, por amor, simpatía o temor a mis supuestos poderes sobrenaturales, de lo que más querían y lo depositaron en mi cavidad torácica o lo incluyeron en el relleno necesario para elaborar a las momias. 
 
Lo que pasó no me lo explico pero, aunque faltaban como 5.000 años para que los lugareños inventáramos el concepto de alma, la mía se desprendió de los restos corporales pero quedó atada a esta tierra, con la obligación de devolver el inusitado cariño del que fui objeto con acciones concretas en bien de esta tierra nuestra, paraíso terrenal que nos permitió muchas primicias culturales. Desde entonces y para siempre soy su guardián incondicional, con la libertad de vivir una vida humana cuando se dan ciertas condiciones, de pasearme por todo el mundo para aprender a ubicar los acontecimientos ariqueños en su justa perspectiva y tener variadas experiencias en épocas y lugares diferentes para enriquecer mis conocimientos. Desde esta perspectiva peculiar, voy a tratar de explicarles algunas cosas. 
 
Pero antes, entiendan que no todas las familias han sido siempre como Uds. las conocen, con papá, mamá y hermanos. Si a mis parientes los consigno entre comillas es porque nuestras familias eran diferentes, menos definidas y no siempre tu “papá” era quien te engendró ni tus “hermanos” eran de la misma sangre precisamente. Este tema es bastante enredado, pero convenía dejarlo en claro. Por otra parte, tengan en cuenta que yo era absolutamente ateo cuando vivía en el Chinchorro, porque no sabíamos que teníamos alma, no había más allá ni dioses. Sólo existían cábalas y concepciones mágicas. Ya de ánima y tras muchas reencarnaciones, me fui dando cuenta de la enorme importancia social que tienen las religiones, así es que llegué a un acuerdo con Viracocha, EL Dios de los Incas (otros como la tierra, el mar, venus, el rayo y similares son secundarios para ellos, más o menos como los santos de los católicos). 
 
Yo no habría tenido la tupé de plantearme el ambiguo contrasentido del “Inca” Garcilaso de la Vega, quien se definió como un buen católico Indio, porque para quienes presenciamos la llegada de los católicos, se era Inca decente o se era cristiano. Así es que, en mi mundo donde todo es posible, me enrolé con el Creador del Universo, Viracocha para los de la sierra, Pachakamaq (Pachacamaq) para los indios preincaicos de la costa, de donde yo me considero. Viracocha-Pachakamaq no es sólo un creador, sino un animador y una de las pocas cosas buenas que ha dejado Garcilaso ha sido definirlo como “aquel que hace al universo lo que el alma hace al cuerpo. Además de que tiene que haber sido muy poderoso para que su oráculo preincaico llegara a trascender tan profundamente en las creencias de los Incas, pienso que Pachakamaq, aunque impúdicamente feo, imprime un profundo sentido estético a sus gestiones y es el único que nos comprende bien a nosotros los andinos. 
 
Tengo que confesar que mi interés por Pachakamaq nació cuando escuché al valiente, inteligente, orgulloso, ambicioso y (no siempre) admirable Atahualpa, el único jerarca inca que actuaba como tal entre todos los que conocieron los españoles, bastardo hermanastro y gestor del asesinato de Huascar, decirle en su cara al cura dominico que legitimizaba la gestión de Pizarro lo que sigue, cuando el cura lo instó a convertirse al catolicismo abandonando a sus herejes idolatrías y hacerse súbdito de la Corona y sirviente del Papa. 
 
En ese aciago día 16 de diciembre de 1532, Atahualpa venía de paso por Cajamarca, rodeado de un séquito de miles de nobles, militares de alcurnia desarmados y sirvientes, haciendo honor a una invitación que Francisco Pizarro le había hecho llegar la víspera anterior a través de un séquito compuesto por el mismo cura, Hernando Pizarro, el capitán Hernando de Soto y un puñado de españoles, quienes fueron los primeros caucásicos en contactar a Atahualpa. Esperando la visita del Sapa Inca, Pizarro tenía emplazado un cañón apuntando a la entrada de la plaza y a sus forajidos, montados y armados hasta los dientes, escondidos en las casas y edificios que el mismo Atahualpa había hecho desalojar para acomodar a los extraños. Pizarro ordenó matar a cuanto indio se pusiera por delante y atrapar vivo a Atahualpa en cuanto hiciera una seña. Pero antes, había que “legitimizar” el derramamiento de sangre dándole a los indios la categoría de herejes idólatras. Por eso salió el cura a recibir a Atahualpa e intentar convertirlo, usando de intérprete a un oscuro personaje indio llamado Felipillo, quien es muy sospechoso de intriga criminal. 
 
Es que tienen que saber quén era ese Felipillo: es un personaje de película y alguna vez voy a escribir un libro sobre él, pues su trascendencia en la Conquista no ha sido debidamente ponderada ni yo mismo he tenido tiempo para reunir todos los antecedentes. Sucedió que, en su segunda expedición hacia América del Sur, Pizarro llegó al fin a lo que llamaron Perú y desembarcó en Tumbes en 1527. Esa también tiene que haber sido una escena de película, cuando el barco fue rodeado por una flota de balsas cargadas de guerreros incas, las que iban a controlar a unos rebeldes primitivos a la isla Puna, pero esa es otra historia (para satisfacer vuestra curiosidad, sépase que las autoridades militares incas fueron invitadas a bordo y quedaron encantadas con los españoles). 
 
Después de intercambios de provisiones con el curaca local (algo así como un Gobernador), el barco reanudó su rumbo meridional, llegando hasta los 9º de latitud sur, antes de volver a Panamá y de allí a España para conseguir recursos para conquistar ese mundo de maravilla cuyo orden social y cuya abundancia en oro y plata ya habían comprobado. Con ellos viajó un nativo plebeyo, bautizado como Felipillo, quien sería estrecho colaborador de Pizarro como intérprete y actor participante en las más trascendentales gestiones de la increíble aventura de la Conquista. 
 
Cuando volvió en su tercera expedición en 1531, Pizarro venía acompañado de su Felipillo, quien era el intérprete oficial. Fue Felipillo quien medió la primera entrevista entre Atahualpa y Hernando de Soto y Hernando Pizarro en las afueras de Cajamarca. Fue Felipillo quien, al día siguiente, tradujo el absurdo intento de conversión al catolicismo que ofreció el cura Vicente de Valverde a Atahualpa cuando éste acudió con su séquito a Cajamarca. Felipillo parece que no lo hizo muy bien, pues se confundió con la Santísima Trinidad y como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo forman una inexplicable unidad, terminó presentando 4 dioses cristianos. El mismo Felipillo tradujo la orgullosa respuesta del Sapa Inca, la misma que desencadenó la atroz matanza que se describe en el texto. 
 
Pasó el tiempo, Atahualpa vivía como prisionero de los españoles mientras se juntaba el oro para su rescate y entonces, según cuentan, pillaron a Felipillo en algo imperdonable: hacerle el amor a una de las concubinas reales. Nada podía ser más humillante para un Sapa Inca prisionero, quien habría manifestado a Pizarro que el único castigo apropiado era la ejecución de Felipillo y de toda su familia, lo que obviamente no ocurrió pues la gestión de Pizarro estaba muy íntimamente ligada a la existencia de Felipillo. Obviamente, éste colocó de inmediato a Atahualpa en su lista de enemigos a eliminar. 
 
Su oportunidad llegó al fin cuando Atahualpa, habiendo pagado su rescate, siguió prisionero en función de las maquinaciones políticas de Pizarro. Como había gente de honor entre los españoles, particularmente Hernando de Soto, cabe suponer que Pizarro y/o Felipillo hicieron correr el rumor de una rebelión que arrasaría con los caucásicos, a fin de preparar el terreno para ejecutar al prisionero. Sea como fuere, tal rumor causó pánico y de pronto Pizarro debe haber llegado a la conclusión de que ya podría matar a Atahualpa. Para eso, habiendo mandado a Hernando de Soto a una misión que lo mantendría fuera del proceso, le hizo un absurdo juicio acusándolo de malversación de fondos imperiales, idolatría, prácticas adúlteras, usurpación de la corona y del asesinato de su hermano Huascar. Durante esa farsa de juicio, fue precisamente Felipillo quien tuvo la libertad de traducir a su antojo el testimonio de aquellos “testigos” que sólo hablaban quechua. 
 
Pero Felipillo tuvo al fin su merecido. Enviado como intérprete de la expedición de Diego de Almagro a Chile, convenció a un curaca de Coquimbo que los españoles eran malos y puso en aprietos a don Diego. Descubierta la intriga, Felipillo fue descuartizado. Total, Pizarro ya no era un conquistador en problemas y tenía otros intereses y distracciones, entre las que llegaría a contarse una hija y una hermana de Atahualpa.... 
 
Volviendo a Atahualpa,  ante la burda perorata del cura, éste respondió: 
 
No seré vasallo de ningún hombre pues soy más grande que cualquier príncipe sobre la Tierra. Su emperador puede ser un gran Príncipe, cosa que no dudo viendo cómo envió a sus súbditos tan lejos a través de las aguas y por eso estoy dispuesto a considerarlo como un hermano. En cuanto al Papa del que hablan, tiene que estar loco para andar regalando tierras que no le pertenecen. En cuanto a mi fe, no la cambiaré porque el Dios de Uds, tal como Uds. mismos me cuentan, fue ejecutado por los mismos hombres que creó. En cambio, mi Dios aún cuida a sus hijos”. 
 
Ante tal negativa, el cura autorizó a Pizarro a soltar a sus esbirros, quienes desataron una atroz carnicería de vomitivas proporciones, apoderándose de Atahualpa sin más resistencia que el pecho desnudo de los miembros de la nobleza y del séquito imperial, ofrecido como barrera para tratar de impedir que alguien tocara al Sapa Inca. Durante ese atardecer aciago, cada creyente mató a un promedio de 30 indios incrédulos y desarmados. Todo sea por Dios y la “civilización”... 
 
Fue entonces cuando yo me dije que tenía que decidirme por alguien entre la fauna de dioses disponibles y opté por confirmar mi esencia andina. Eso era mucho mejor que tragarme la burda hipocresía de la postura de bribones iletrados, descastados y desalmados como Pizarro y su camarilla, que actuaban en nombre de un Emperador que no quería más que oro y plata y de un Papa servidor de un Dios que hace que la gente nazca pidiendo disculpas. Perdónenme, pero al Papa lo que es del Papa y a Pachakamaq lo que es del Mundo Andino. 
 
Y bueno, para que sepan algo de las cosas que pasaron en esa época, les voy a contar una historia de Amor… 
 
 
Cupido en el Imperio Inca: actos y consecuencias  
 
Preludio 
 
Encandilada por los fuegos artificiales del mundo occidental, la gente del siglo XXI no comprende la inmensa catástrofe que fue el derrumbe del Imperio y sus consecuencias de proyecciones planetarias. Pensé que nadie se daría cuenta de eso pues el tema es fome para la gente actual, mal acostumbrada por la televisión a prestar atención sólo a lo que ha sido dramatizado. Suponiendo que eso iba a pasar, consegui la complicidad de Pachakamaq para escribir, en la vida misma, historias de amor de la época para que sirvieran como un vehículo entretenido para transportar algún conocimiento que fuera. 
 
Tus ideas locas terminan siempre metiéndome a mí en problemas, muchachito, me dijo Pachakamaq con el ceño fruncido. Ya son varios los colegas, dioses occidentales, orientales y del Olimpo, que andan pidiendo que se te retire la licencia de ánima y todos se disgustan conmigo por culpa de tus travesuras y por lo que sale de tu bocota, chiquillo malcriado. 
 
Pues como pude lo convencí de que este mundo sería super aburrido si las cosas fuesen como quisieran algunos dioses y que ÉL, siendo quien era, no podía dejarnos botados. En lo que resta del relato, lo que Pachakamaq me dijo figura en cursiva. 
 
De acuerdo, aunque estoy seguro que tendré motivos de sobra para arrepentirme, aceptó con un destello sonriente brillando en el fondo de sus inteligentes pupilas. Te enviaré a Cupido en comisión de servicio por el período que se extiende desde la niñez de Wayna Qhapac (Wayna Capac) hasta la desaparición de los Pizarros. Con eso tendrás suficiente tiempo, pero hay una limitación absoluta: Cupido sólo podrá lanzar 50 flechas simples convencionales y te queda prohibido interferir en el resultado y menos en el desenlace del amorío que pudiera generarse. ¿Te quedó claro, cabeza de chorlito? ¿Ah? 
 
No era todo lo que había pedido, pero peor es nada y a trabajar se ha dicho. La idea era generar un(os)  episodio(s) de intensa carga amorosa entremezclados en la trama histórica de la época, con el fin de ofrecer los eventos para que alguien escribiera una novela histórica, ojalá con harto sexo implícito y explícito, onda Harold Robbins, para que la gente se sintiera inclinada a leerlo. Eso tendría que ser fácil, dada la importancia que la actividad sexual tenía en la vida de los aristócratas Incas. Nunca tuve dudas respecto a Pachakamaq pues pese a su poderío se puso a mi disposición en categoría de secretario y no me lo quité de encima hasta que todo estuvo listo. 
 
El arsenal de Cupido sería limitado en cantidad y calidad, así es que había que distribuirlo bien. Pachakamaq me resumió así el esquema de posibles blancos para nuestro francotirador: 
 
Téngase presente que el Imperio Inca era uno de los más autocráticos sistemas de gobierno jamás ideado y tranquilamente aceptado por la plebe. Sólo puede compararse a una sociedad resultante de un comunismo puro, honesto y desprovisto de (casi) todas las bajas pasiones de la política del hombre blanco. Era una sociedad machista donde sólo había 2½ clases sociales: 
 
Material de tipo 1. Los que producían (puric-cuna): eran obreros agrícolas-guerreros-lacayos obligados a casarse con sus pares, que trabajaban un terreno fiscal entregado a su agrupación familiar básica compuesta por varios núcleos matrimoniales (ayllu), con obligaciones tales como prohibición de holgazanear aunque fueran inválidos, imposibilidad de viajar y de poseer ganado o bienes aparte de los domésticos. A los 14 años recibían ropaje y trato de hombres y ya podían desempeñar algunas pegas de gente grande, como cuidar el ganado (todas las cabezas eran de propiedad estatal). A los 25 debían ya actuar como adultos y podían ser reclutados (mit’a) para labores militares, ganadería, obras públicas u otros menesteres colectivos, mientras el ayllu atendía a su tierra y a las necesidades de su núcleo matrimonial. Fueran tontos, ciegos o lisiados, debían casarse con alguien de su condición y trabajar como pudieran. En retribución, el Estado cubría eficientemente todas sus necesidades básicas en el caso de que las cosas no le anduvieran bien al individuo que cumplía bien su labor. Parte de su tiempo debía dedicarlo a trabajar tierras de la clase gobernante (Inca) o del clérigo (también Incas). Ninguna, absolutamente ninguna posibilidad de cambiar su destino por otro mejor en función de la eficiencia, a menos que fuera muchacha joven y bonita. 
 
“En lo último, nunca nadie ha dejado de estar de acuerdo, ni allí ni allá”, acoté yo al margen, “pero los puric-cuna no me sirven, tata (vocabo aymara que significa padre, o tío por extensión), pues algunos lo pueden pasar muy bien cuando están solteros, pero una vez que pasan a ser ciudadanos tributarios los casan aunque no quieran y les está materialmente prohibido enamorarse en forma extra-matrimonial. Quiero acción, movimiento y mucho amor entre gente que lo pueda prodigar con libertad, como en las telenovelas brasileñas”. Y el tata asentía y pasaba al siguiente ítem
 
Material de tipo 2. Los Incas: Constituían la clase privilegiada que vivía, hacía justicia, ordenaba, controlaba y defendía al imperio con el tercio del ingreso imperial bruto. No por ser privilegiados (no tener que trabajar la tierra) eran menos trabajadores o se libraban de la gestión de la estricta “contraloría” imperial: simplemente, su trabajo era ser gobernantes, generales o sacerdotes y tenían la obligación de hacerlo bien, aunque las penas por delitos comunes o administrativos eran menores que las de la plebe. 
 
“Ya nos estamos acercando, tata ¿Se ha fijado que todos los amores de película tienen algo que ver con el dinero, la nobleza o el poder? El amor entre los comunes no atrae a los modernos, tiene que haber desigualdad de cuna o ambos ser de la clase privilegiada para hacer latir el corazón de estos tontorrones”. Y Pachakamaq seguia asintiendo, entusiasmado como un niño chico haciendo travesuras. 
 
“Por lo demás, tata, fíjese lo picados de la araña que eran los mandamases. Pachakutiq, por ejemplo, dijo que tomaba a todas sus hermanas para su uso pues nadie las podría servir mejor. Una de sus entretenciones era meterse a los templos del sol para amancebarse con las mamacunas (las hijas de lo más selecto de la nobleza eran asignadas al gineceo de los importantes, entregadas en matrimonio a hombres de su alcurnia o sacrificadas en algún evento de importancia. Las que sobraban, generalmente muy bellas, eran enviadas a los templos del sol como vírgenes vestales-sacerdotisas. Aunque a menudo sólo se hacían las santas y pecaban con los empleados, sólo el Sapa Inca podía hacer el amor con ellas (aun cuando así y todo no era muy bien visto), las que entraban con votos y obligación de castidad pero terminaban casi todas dándole hijos (supuestamente) al Sapa Inca. Su nuera super paleteada, Chimpu Ocllo, ordenó que en palacio todas las ñustas vírgenes anduvieran enteramente desnudas, lo que sirvió para que las ya “iniciadas” que conservaban su hermosura adoptaran a tan encomiable costumbre. Su cuñado y futuro Sapa Inca, Tupak Yupanki, no sólo heredó la genialidad de su padre (¿o de su abuelo, siendo su padre un mero farsante?), sino la insaciable debilidad por las mujeres de su progenitor, especialmente las collas, pese a los terribles celos de su Sapa Coya (esposa principal del Emperador. Por definición ésta debía ser una de sus hermanas uterinas, hermana de padre y madre. Sus hermanas paternas solían formar parte de su extenso gineceo, pero en categoría de concubinas de alcurnia), Mama Ocllo, quien era chiquitita y gordita. Con tanto jolgorio, tata, tiene que haber material para una buena historia”. Y al tata le brillaban los ojos con pica en contra de Pachakutiq (no lo quiere) y picardía al imaginarse lo que habría hecho de ser Sapa Inca en vez que pasarse la vida rodeado de sacerdotes sodomitas en su oráculo costero, pero luego prosigue su análisis: 
 
Material de tipo 2½. Material de suma utilidad para el imperio: No siendo nada de tontos, los Incas no encasillaban así no más a toda la gente. Si conquistaban a un pueblo determinado sin tener que matar a sus caudillos, nombran de entre ellos a un curaca o gobernador, representante del Inca y responsable ante él de lo que ocurriera en sus dominios. Le daban al curaca la posibilidad de comportarse más o menos como la clase Inca (incluyendo un permiso limitado para tener concubinas), pero sólo en su propio dominio. Sus hijos tenían acceso a trabajos privilegiadas de cierta responsabilidad, como los chasquis o mensajeros, o podían ir al Cuzco a trabajar en el servicio doméstico de los Incas. 
 
Había inspectores para todo, pero unos muy especiales andaban recolectando niñas bonitas de 9 a 12 años por todos los pueblos y las llevaban a título de “mujeres elegidas” (acllas) al Cuzco, ellas y sus familias felices pues era un gran honor. Estas niñitas vivían en recintos especiales (hacllahuasi) y eran educadas por las mamacuna en materias religiosas y labores femeninas como teñido, hilado, tejido, cocina, etcétera y llevadas al Cuzco cuando tenían 13-14 años, en ocasión del Festival del Sol (Inti Raymi). Entonces eran presentadas al Sapa Inca y éste las destinaba para su harem o se las regalaba a sus servidores nobles o a curacas distinguidos. Algunas pasaban a ser mamacunas.  
 
“Más material, pero sólo para roles secundarios”, dictaminé (pese al pellizcón furioso que me mandó mi pícara polola mamacuna), cada vez más entusiasmado por el interés de Pachakamaq, aquel creador y organizador que se comportaba como chiquillo urdiendo cuentos pícaros entre adolescentes. 
 
Sigue Pachakamaq:  
 
Conoces bien la semilla de liberalidad que ya empezaba a perfilarse con los yanaconas (algo así como esclavos sin derechos ciudadanos) cuando llegaron los españoles. También había un reducido número de artesanos especializados. No había comerciantes pues no había dinero. Si bien existían mercados abiertos como las ferias de hoy, servían sólo para intercambiar productos: un ayllu podría tener, por ejemplo, un exceso de zandalias pero andar corto de zapallos. La primera “moneda” que conoció esta gente, cuando ya todo era de los españoles, fue la coca. Durante el Imperio la coca se utilizaba para ocasiones y situaciones especiales, pero no tardaron mucho los españoles en darse cuenta que con ella le podían sacar más provecho al perraje humano que trabajaba como animal en las minas (aunque se murieran más pronto) y la prodigaron “como Dios manda”. Interrumpo a Pachakamaq para hacer un reclamo a quien sea que quiera preocuparse de los Derechos Humanos: el trabajo en las minas era tan brutal, que se dice que los indios lo soportaban sólo unos 8 a 12 meses, muriendo luego de silicosis o lo que fuera. Esta actividad mató a más indios que todas las pestes que trajeron los españoles. 
 
Pues bien, finalmente solicité a mi secretario-tata-jefe-Dios-Pachakamaq firmar conmigo lo siguiente, para iniciar el informe a la Contraloría: “Tras concienzudas deliberaciones con Pachakamaq, yo Chuspi, asumo la responsabilidad de usar el arsenal de Cupido contra el ganado clase 2 exclusivamente. Déjase fuera de la línea de fuego al ganado clase 1 por consideraciones de uso ordinario y al 2½ por ser mercadería dúctil y de amplia disponibilidad”. No quise ni hablar de los Conquistadores por razones obvias, que explicaré para los menos inteligentes ¿Han visto a un malo enamorado? ¿Han visto a un Conquistador bueno? ¿Uds. se imaginan siquiera a Chuspi ablandándole la imagen a uno de los esbirros de Francisco Pizarro? O sea, si los parte un rayo o caen fulminados por un amor puro e imposible, es porque se lo merecen los carajos. 
 
Ahora, a escribir (o a buscar blancos para las flechas de Cupido y ver qué pasa). 
 
Lo enamoradizo se hereda... 
 
Pachakamaq aporta la base histórica y yo lo interrumpo cuando me parece oportuno lanzar una una idea filuda. Sólo relataré lo sucedido con las que mejor efecto tuvieron. Recuérdese que me estaba prohibido manipular el desenlace. 
 
Relata Pachakamaq: Hasta Pachakutiq, poco notable era la historia de este pueblo. Llegaron al Cuzco provenientes del lago Titikaka, con una tecnología neolítica, de mucho menor nivel que la de los chimúes del norte, los paracas de la costa y otros pueblos costeros. Fueron sus vecinos y aliados los quechuas, con quienes muy pronto compartirían el lenguaje (parece claro que la casta Inca descendiente de su fundador, Manco Capac, hablaba un idioma diferente que se perdió con el pasar de las generaciones). Poco más allá estaban sus más formidables enemigos, los chancas. 
 
El héroe máximo de los Incas fue, sin ninguna duda (¿?), Pachakutiq. Pachacuti quiere decir algo así como cataclismo y la terminación “q” implica “el que hace”. Ese no era el nombre que tenía cuando realizó su primera y mayor hazaña, pero no quiero que se enreden con tanto nombre y por lo tanto denominaré a todos los personajes de este relato con el  que usaban cuando murieron. 
 
Los chancas continuamente le buscaban el odio a los incas, hasta que atacaron Cuzco. Según contaba Pachakutiq (cosa que merece muchas dudas), su papá era un viejo ya cansado por la guerra contra los collas y que habría ya designado como heredero a su hijo favorito Urco, si bien parece que no era el piwichuri primogénito (hijo legítimo de la piwiwwarmi, esposa principal y legítima. Cusi Yupanqui, quien pasaría a ser el Sapa Inca Pachakutiq, era el legítimo heredero al trono por ser el piwichuri primogénito. Un vez obtenida la borla imperial hizo eliminar de los registros (quipus) a su hermanito o hermanastro, por lo que sabe muy poco de su historia). 
 
En realidad este Pachakutiq es sospechoso de ser el mayor farsante de todo el Imperio, aunque la tradición más frecuentemente aceptada lo tenga como héroe. Hay versiones que indican que el tal Urco era hermano de su padre, el Inca Viracocha y que fue éste quien lo destronó e inició las conquistas que iniciaron el Imperio Inca. Pues según dicen después de que Pachakutiq hizo “reescribir” la historia de su gente, sucedió que, ante la amenaza de los chancas, el viejo Urco y comitiva se fueron a pasar un tiempecito a un lugar más seguro y tal vez buena parte de la ciudad se escondió en los cerros vecinos. Pachakutiq, quien se las traía según hizo él mismo dejar constancia en los quipus, quedóse y defendió la ciudad con tal valor y eficiencia que contuvo a los invasores. Cuenta la leyenda que, viendo tal favorable resultado, retornóle la hombría a los escondidos y salieron a perseguir y a matar  a chancas en fuga. Podría decirse que allí empezó a manifestarse el ingenio y la sabiduría que caracterizó a Pachakutiq (según su versión) e hizo tan grande a los incas: hizo correr la idea de que los dioses estaban con los incas pues, en plena batalla, éstos habían transformado a las piedras de los cerros en valientes guerreros. Si a eso se suma que de la piel del abdomen de los jefes hostiles hacían tambores y que bebían chicha de maíz de la calota craneana, usando el peroné ahuecado como bombilla, puede comprenderse que las tribus no sometidas estuvieron muy a menudo dispuestas a conversar antes que guerrear. 
                                                
Como sea, Pachakutiq terminó coronado, organizó un ejército eficiente e hizo de la guerra algo más que una matanza con fines de saqueo, conceptualizándola como una manera de extender y consolidar el dominio incaico. Al estilo de Felipe de Macedonia, su hijo y sucesor, Tupak Yupanki, hizo más o menos lo que Alejandro Magno en el mundo caucásico, dándole forma al Tawantinsuyo. Tupak era tan audaz que cuando conquistó a los quitus, un pueblo de similares características a los incas cuya capital era Quito, decidió probar hasta dónde le llegaba la suerte o el amparo de sus dioses y lanzóse a la mar en una flotilla de balsas de madera. Aunque me cuesta entender cómo lo hizo, dicen que volvió nueve meses después con esclavos negros y otros tesoros. Quien sabe por dónde anduvo este aventurero, tal vez en las Islas Galápagos, pero la información es escasa, inexacta y contradictoria. Nueve meses es muy poco para ir a y muy especialmente, volver de Las Marquesas en balsa. El hecho es que el mundo andino tuvo un Kitín al que sí le resultaban los viajes, decenas de siglos antes de la peculiar, controvertida y bochornosamente utilizada “epopeya” de la Mata Rangi II que tanto entusiasmó a la gente ilusa de Arica, incluyendo a su ignorante Alcalde de entonces. Tal como hoy, el mundo sigue girando sin que nadie se interese de lo que hay de farsa o verdad en la gestión. 
 
A diferencia de Kitín, Tupak Yupanki comparte (tal vez) con su padre Pachakutiq el honor de ser los 2 más brillantes hombres que ha producido nuestra América. Consecuentemente, después de su aventura marítima conquistó sin mayor dificultad a los chimúes, la civilización más avanzada del continente en la época y luego bajó por la costa conquistando a los pueblos allí asentados, entre ellos Nazca, hasta la altura de Lima, donde tuvo un luminoso encuentro conmigo, el verdadero Dios andino, Pachakamaq y se sometió al rito de mis sacerdotes unos durante 40 días. 
 
Para que no se pierdan, la secuencia de jerarcas durante el período al que me refiero es la siguiente; 
 
Urco, el supuestamente cobarde 
Pachakutiq, el que se hace creer gran héroe de la epopeya incaica 
Tupak Yupanki (Tupac Yupanqui), continuador de la expansión imperial iniciada por su padre 
Wayna Qhapac, quien gobernaba cuando llegaron los españoles 
Atahualpa y Huascar, hijos del anterior, en conflicto hasta poco antes del el fin de nuestra historia. Los que siguen no importan en este relato. 
 
Tupak Yupanki, el Alejandro americano, fue sucedido por un mocoso hijo suyo, Wayna Qhapac (wayna=joven), tan lolo que necesitó los servicios de un regente deshonesto y luego de otro super honesto antes de poder asumir sus funciones. Hay versiones encontradas en cuanto a su capacidad amorosa. Si bien tuvo diversos amoríos, cuentan por allí que no era muy entusiasta en el ejercicio de sus derechos sobre el gineceo (o sea, era más bien flojo). 
 
“He aqui a mi primer blanco”, díjeme yo despertando de la somnolencia en que me había sumido el relato del tata. “Dicen que llegó a tener 700 concubinas pero una escasa producción de hijos, lo que hace aun más interesante para el  afán de nuestra artillería”, me decía a mi mismo mientras le hacía señal de ¡fuego! al regordete con alas
 
Así fue que, siendo adolescente y antes de que lo afectara el alcoholismo, Wayna Qhapac recibió de frente un flechazo de Cupido que se clavó bien hondo en el mismísimo lugar donde la arteria coronaria descendente anterior se junta con la circunfleja. Era un tiro como para tumbar a cualquiera, pero Wayna era un espécimen complejo. En virtud de aquello conoció pues a una chica de alto rango quipu, Tocto Palla, a quien posiblemente la trajo su padre a Cuzco como parte del botín de guerra. O papito se la regaló a Wayna o éste se las ingenió para hacerle lo que Uds. se imaginan y de allí nació Atahualpa. De algo que sirviera el flechazo...  
 
No pasó mucho más por muchas razones que les ahorraré, pero ahora por lo menos tenemos a un mortal de nuestra creación: el huacho Atahualpa. Wayna, cuando fue ungido Sapa Inca, cumplió con casarse con su hermana uterina mayor y parece que el incesto oficialmente obligatorio para los Incas pero absolutamente prohibido para los puric-cuna le quedó gustando pues, no habiendo tenido hijos de esta hermanita, metió a su payasa a su hermana menor, Rahua Ocllo, probablemente sin todas las formalidades de un matrimonio legal. Su cariño por sus hermanitas queda bien claro cuando uno se entera que cuentan que a una de ellas, por no haberse querido acostar con él, la quiso obligar a casarse con un viejo y feo curaca quien, hasta donde sabemos, fue el primer varón cocainómano conocido, situación absolutamente excepcional durante el Imperio, aunque parece que algunas mujeres nobles abusaban del regalo de los dioses. Yo delimito mi responsabilidad al flechazo descrito, nada más. 
 
Sigue Pachakamaq: Algo confuso debe haber habido en cuanto al matrimonio de Wayna Qhapac con Rahua Ocllo pues el único hijo de ambos, Huascar, parecía tener complejo de huacho y al asumir el incanato dicen que hizo que su madre pasara por la estúpida ceremonia de “casarse” con la momia de su padre. Otra explicación a su complejo de huacho sería que Wayna no dejó de acostarse con su hermana mayor y de pronto ésta se embarazó, pariendo un hijo menor que Huascar pero complicando tremendamente al problema de definir a un legítimo sucesor, por ser hijo de su hermana mayor y su más legítima esposa (dada la flojera conyugal de Wayna Qhapac y a juzgar por la prematurez con que jubilaba a sus concubinas, esta posibilidad parece discutible). 
 
La niñez de Huascar no debe haber sido para nada complicada, oscurecida sólo por la existencia de Atahualpa, 5 años mayor, de sangre noble incaica y quitu, favorito de su padre por añadidura. Pero éste bastardo (Atahualpa) no era tan choro ni capaz como Pachakutiq o Tupak Yupanki: tenía una cierta indolencia o falta de espíritu que parece no haber escapado a la percepción de su padre. Mientras él estuviera bien y sus intereses resguardados, parece que no le importaba mucho lo que le pasaba a los demás ni tampoco le ponía todo el empeño posible ni le imprimía el aval de sagrado gobernante a sus gestiones. Huascar tampoco era muy virtuoso (más bien habría que catalogarlo como un pelotudo que no supo manejar a la magnífica herencia que le dejó el destino). 
 
Wayna Qhapac amaba Quito y allí asentó a sus reales, porque le gustaba y porque era la frontera más conflictiva del imperio. Allí fue una de las primeras víctimas de la epidemia de sarampión que aportaron de regalo los españoles, falleciendo en 1527. Para hacer el cuento más corto les diré que a la larga, habiendo previsto su muerte, Wayna Qhapac dejó el trono a Huascar porque era lo más parecido a un piwichuri que tenía y en consecuencia no le quedaba más alternativa, pero hizo algo inusitado: hizo venir a Huascar a Quito, y le dijo claramente que no quería que Atahualpa quedara desposeído y que quería que se le nombrara Virrey de Quito, aunque siempre súbdito del Sapa Inca. Si quiso favorecer a su favorito o desconfió de Huascar por ser quien era o por la vida disipada que llevaba, o bien, habiendo pasado buena parte de su vida en Quito comprendió que el imperio ya era demasiado grande y complejo para que fuera manejado desde Cuzco, nadie lo sabe, pero Huascar aceptó sumisamente lo que debió haber rechazado de frentón. 
 
Permítaseme un privilegio de libretista. Me gusta pensar que Wayna Qhapac quedó marcado por nuestro flechazo, que por siempre amó la tierra donde nació su amor de adolescente y que fue un verdadero padre para el fruto de ese amor, pasando por alto incluso los más que aparentes defectos de su bastardo retoño. Para eso, habría que pasar por alto las sórdidas posibilidades de conducta de un Sapa Inca alcohólico. 
 
Pachakamaq me increpa por interrumpirlo y prosigue su lata: Atahualpa era un nombre propio nuevecito para el bastardo. Entre los 14 y 16 años se dejaba de ser niño en una ceremonia iniciática que contemplaba ayunos y demostraciones de capacidad atlética y guerrera y se adquiría un huara (taparrabos) y un nuevo nombre. Es posible que, cuando sólo tenía 12 años, su papá le consiguiera adelantar su huarachiquy (la ceremonia iniciática) pues siendo el hijo favorito debía acompañar a su padre a Quito cuando éste debió ir a sofocar una rebelión y el Sapa Inca quería que su regalón lo acompañara. Así es que el bastardo abandonó el Cuzco ya como Atahualpa y antes de que le correspondiera y sin haber cumplido los 4 años de enseñanza “universitaria” que se impartía a los jóvenes nobles y sin imaginarse siquiera que algún día podría aspirar al trono. Capaz que Huascar hubiera contemplado la partida de su hermanastro desde alguna parte, sintiendo la envidia propia de los niñitos al ver cómo consiguen cosas los adolescentes cuasi-hombres-grandes. Ya me las pagará este jetón, pudo haber pensado... 
 
Mientras Atahualpa participaba en la guerra y aprendía los menesteres de gobierno al lado de su padre en Quito, Huascar no tenía más que a su madre y al licencioso ambiente reservado a la nobleza en el Cuzco. Suponemos que, como otros nobles, tuvo de nodriza a una de las concubinas de su padre quien, llegado el momento, le enseñó de dónde vienen las guaguas, con clases prácticas absolutamente explícitas. Si las cosas seguian su curso normal, la madrastra-nodriza-iniciadora pasaría algún día a formar parte de la servidumbre del joven cuando formara su propio hogar. Entretanto, bien podía servirse de las sirvientes dispuestas para su uso. 
 
Donde se ensambla la última historia de amantes reales 
 
Huascar era un sujeto difícil, posiblemente poco simpático y ciertamente mucho menos eficiente que su hermanastro y muchísimo menos que su abuelo Tupak Yupanki y su tatara-abuelo Pachakutiq. Todo era fácil para él y con mucha dosis de pica y sintiéndome vengador de tanta lola perjudicada por este libertino, le mandé una andanada de flechas para asegurar el impacto. Y así sucedió que, siendo aun adolescente, Huascar encontróse un día con la hermosa hija del Gobernador de Ica, Pisco y Yunay, enviada a la corte cuzqueña comme il fallait entre la gente de bien y se enamoró perdidamente y ¡Oh afortunada casualidad! fue ampliamente correspondido. Tan hermosa era ella, que le llamaban Estrella de Oro y no tardó mucho en parir a nuestra heroína, en quien oficializaron el sobrenombre de su madre (Estrella de Oro, Curi Coyllur en quechua). 
 
Si se me permite dramatizar esta historia con la simpleza de Corín Tellado, podría decir que ésa fue la perdición de Huascar pues poco tiempo después de haber sido coronado Sapa Inca, “se hizo malulo” cuando una de las cortesanas envenenó y mató a su amada. Aqui empieza el deterioro de Huascar como gobernante, desde el mismo comienzo de su gestión y yo empiezo a ver que mi conspiración establece firmes emplazamientos tácticos (ya tengo al huacho Atahualpa y a una hermosísima bastarda, huérfana de la envidia e hija de un pelotudo). 
 
Huascar ciertamente parece haber sido un pelotudo. Pachakamaq consigna: Sucedió un mal día que llegó al Cuzco la madre de Huascar, quien había ido a Quito a buscar el cuerpo momificado de su hermano-esposo Wayna Qhapac, escoltada de vuelta por el amigo, consejero y compañero de armas de Wayna, quien además venía como representante de Atahualpa. Pero Huascar hubiera querido que su hermanastro viniera en persona a rendirle pleitesía, cosa harto razonable en realidad, pero no tanto como para justificar la cólera del Sapa Inca, quien arrestó al amigo de su padre y terminó ejecutándolo, pese a su categoría de auqui (príncipe). Allí mismito dejó la gran embarrada de su vida, pues aunque a Atahualpa no lo sacó de su indolencia, todo el mundo respetaba a la víctima. La misma mamá de Huascar, Mama Rahua Ocllo, se enfureció con el estúpido de su hijo y se mandó a cambiar para siempre fuera de Cuzco. 
 
No fue necesario que Atahualpa hiciera nada para que Huascar no lo pasara muy bien después de esa tremenda metida de pata. Por ley Huascar tenía que casarse con su hermana uterina, Chuqui Uspay, pero su furiosa madre no concedió su autorización por mucho tiempo y sólo hizo  tras muchas presiones de la corte. 
 
Mientras tanto, crecía su hija, la hermosa segunda versión de la Estrella de Oro, educada por una hermanastra de Huascar y con muy poca atención de parte de papito y en Quito se hacía hombre el hijo del auqui torpemente ejecutado. Este muchacho, Quilacu Yupanqui, criado en el palacio cuzqueño de Wayna Qhapac junto con la flamante esposa-hermana de Huascar, de quien era hermano de leche, era regalón de Rahua Ocllo, la mamá de Huascar y de su esposa y habíase transformado en un apuesto y atrevido guerrero. 
 
Sin pensarlo siquiera, mandé disparar todo el arsenal que nos quedaba. ¡Qué magnífica habilidad la mía en cuanto a identificar situaciones propicias para generar un amor de película! Si no me hubiera dedicado a agitador político habría sido un gran dramaturgo. El gran Chuspi no podía desaprovechar la oportunidad de hacer que el huérfano víctima de la cruel estupidez de un Huascar de valores torcidos por la estúpida pérdida de su gran amor, dejara de enamorarse del fruto de esa ilusión truncada que justificaba la maldad del emperador. Pues allí mismito Cupido mandó su andanada. Tantas flechas disparó para asegurar su blanco que, pese a que el ataque pretendía sólo impactar al miocardio de Quilacu, un “involuntario” estornudo de Pachakamaq hizo que también el corazón de Estrella de Oro II fuera flechado. 
 
Para conseguir un Premio Celestial de Literatura no necesitaba más que Estrella de Oro se enamorara del héroe que yo le había escogido, pero yo no podía hacer nada más al respecto pues ya no tenía más municiones. Además, la ñusta era ganado clase 2½ y la Contraloría me habría objetado si la hubiera flechado deliberadamente. Debo confesar, sin embargo, que tengo la sospecha que Pachakamaq hizo una travesura y desvió algunos proyectiles hacia el corazoncito de la ñusta. Lo cierto es que tengo absoluta confianza en la puntería de Cupido, pero lo cierto es que le llegó más de un flechazo a la bella. En todo caso yo ya había encontrado la coyuntura dramática que buscaba y no me cabía más que esperar el desarrollo de los acontecimientos y así me pasé años comiéndome las uñas entre capítulo y capítulo de esta historia. Todo ese tiempo lo pasé en el Olimpo y para ser sincero, además de comerme las uñas evalué las posibilidades de un resultado favorable a través de numerosos experimentos de generación de sentimientos erótico-amorosos con una de las hijas de Zeus, cuyo nombre no revelaré pues soy muy hombrecito para esas cosas. 
 
Más de una lágrima vi rodar por las mejillas del omnipotente Pachakamaq mientras observábamos el desarrollo de nuestra maquinación. Eros, Afrodita y hasta Marte y Kali solían estar entre la multitud de dioses que se nos dejaban caer de visita para observar el desarrollo de los acontecimientos. Dioses y diosas me abrazaban, me besaban (bajo la furiosa mirada de mi compañera de investigaciones), secaban sus lágrimas con mi túnica y me ofrecían su eterna disponibilidad en premio a mis virtudes como dramaturgo. He aqui lo que finalmente pasó... 
 
Ah!, l’amour, versión incaica... 
 
A continuación, un detalle de las circunstancias que rodearon a la descarga final de la artillería de Cupido. 
 
Por años Atahualpa pareció sumiso a la autoridad imperial, pero sin haberse presentado jamás ante su Emperador. Sin embargo, tenía en Quito a los 2 mejores generales del imperio, uno francamente quitu y el otro de la nobleza cuzqueña. Digan lo que digan, creo que Atahualpa estaba ya preparándose con astucia para arrebatarle el trono a su hermanastro. Un buen día mandó precisamente a mi jovencito, Quilacu, como emisario suyo al Cuzco, en una gestión similar a la que había costado la vida del padre de éste. Como buen jovencito de película, Quilacu aceptó sin reparos su misión y partió a cumplir sus deberes. 
 
La juventud suele no ser sabia, amén de que su corazón es a menudo torpemente puro. En función de un cariño mutuo, Quilacu aceptó la invitación a pasar algún tiempo en compañía de la reina madre Rahua Ocllo, mientras esperaba ser recibido por el Sapa Inca. Estando la vieja enojada con Huascar y siendo Quilacu hijo de quien era y enviado de Atahualpa, mi jovencito no pudo haber hecho una cosa más estúpida que esa, pero Cupido tiene sus razones y la dicha estupidez contribuye a hacer más emocionante la situación (observarán que buena parte de la trama de las telenovelas se basa en actitudes torpes, absurdas o desatinadas, por lo cual yo no podía estar más contento con el tontorrón de héroe que me había conseguido). 
 
Pues sucedió aquello que yo esperaba: Quilacu conoce a Estrella de Oro II en una fiesta en su honor organizada por Mama Rahua Ocllo. Póngase en el lugar de Quilacu para mejor apreciar el aire que se respiraba en esa fiesta: Ud. es un joven y apuesto guerrero que se desempeña en tierras que huelen a aventura y excitan la imaginación, enviado por un gran señor en una misión casi suicida, es recibido por la madre del Emperador y madre de la señora del Emperador y por aquella niña con la cual Ud. creció correteándola inocentemente por los jardines palaciegos; el Emperador es un sujeto malo que asesinó al padre de Ud. y más encima le hacen mansa fiesta de recepción. Habráse visto la suerte de algunos... 
 
La calidad de las flechas de Cupido era indiscutible, pues ¿cómo adjudicar a la suerte que, en tan privilegiada situación y en medio de los suspiros, sofocos y lipirias de las lolas de la corte, uno encontrara precisamente allí y entonces al Gran Amor de su vida? 
 
Enamoradizo como soy, yo sí comprendo a Quilacu pues he vivido situaciones similares. Me conozco la escena de memoria: 
 
“Cansado por el viaje, inquieto por que podría suceder, ya harto de tanta mina rasca o güena que te come con la mirada, circula Quilacu entre el gentío que se ha reunido para festejarlo. Bastaba el cariño de Mama Rahua Ocllo para hacerlo sentirse intensamente vivo, agradecido y de vuelta a la irresponsable alegría de la niñez. Sé bueno y recibirás cariño, le decían de niño, pero eso lo contradecía la dureza de la vida de un adulto privilegiado por la cuna y por los méritos ¿Cómo imaginarse que la que fuera la principal esposa del antiguo Emperador guardara tanto cariño por él? He de aceptar entonces que soy un elegido, alguien especial y no voy a prodigar mi atención así no más a todas esas minas que me miran con codicia. Me siento poderoso y capaz de vencer a quien sea mientras me paseo sacando pecho y balanceando un poco mis caderas, bajo la mirada envidiosa de los varones y estoy seguro que las mujeres fijan sus ojitos en mis musculosas nalgas. Nada puede alterar a mi presuntuosa compostura, soy amo del mundo y si mañana el Sapa Inca me mata, más avasalladora aun será mi imagen.” 
 
Pero he allí que de a poco se materializa una imagen que brota no se sabe cuándo de un jardín semi-oscuro, rodeada de un aura luminoso como si el sol le dedicara el uso exclusivo de uno de sus rayos. Quilacu ha visto a muchas mujeres más sensuales, con curvas más generosas, con una risa más ágil, labios más incitantes y ojos más grandes, pero nunca formando un conjunto más armónico como el que ahora invade su alma, su corazón y su existencia. Etéreo y sensual, adjetivos casi incompatibles que brotan espontáneamente para describir al personaje que se le acerca con naturalidad, 25 mariposas revoloteando alrededor de sus cabellos y 2 potentes luciérnagas en sus pupilas. Quilacu titubea, intenta resistirse a esa fuerza incomprensible que lo arrastra al interior de esos ojos profundos, húmedos, ingenuos, confiables, que lo invitan de una manera mucho más vital, trascendente, inmaterial y sensual que la panoplia musical que brota de una boca perfumada y orgullosa de mostrarse sin tapujos, descubriendo a la dentadura más perfecta que jamás haya observado humano alguno. “Tenía tantas ganas de volverte a ver, ahora que eres adulto” dice ella, pero él escucha “te he estado esperando toda mi vida, amor mío. Mama Rahua Ocllo me ha contado todo lo que ella sabe de ti.” 
 
La verdad es que no necesitan, ni el uno ni el otro, saber nada más pues ya están inmersos en un mar profundo y diáfano de comunicación telepática, vibraciones positivas y frémitos casi delictuosos, pues no se puede amar tanto sin pecar. Quilacu se pregunta: “¿Es que Mama Rahua Ocllo no sabe cuán vulnerable puedo ser cuando lo que nunca llegué a soñar siquiera se materializa de golpe y me obliga a reconocerlo como una realidad? ¿Es que los guerreros no merecemos la compasión de las diosas inmateriales que nos enfrentan a maravillas de carne y hueso que derriten a nuestro machismo,a  nuestra belicosidad y a nuestro orgullo y nos transforman en querubines temblorosos cuyo destino depende de una sonrisa? ¿Es que yo nunca hice méritos suficientes para conjurar este hechizo y vacunarme contra el amor por siempre jamás? ¿Es que se puede ser guerrero cuando el corazón ha sido atrapado por una diosa de carne y hueso?” 
 
No hay caso, Quilacu queda atrapado en las redes mágicas que el encanto de la ñusta ha repartido en su entorno. Son mágicas sus redes pues sólo lo podrían capturar a él, el único, insuperable e insubstituible héroe de la amorosa fantasía de una diosa en versión humana. Como escribió el poeta cuando, mucho antes y presionado por circunstancias personales y privadas le sugerí que interpretara a mi corazón a punto de reventar de amor: 
 
“En cuanto te vi, te miré; 
en cuanto te miré, me enamoré” 
 
En cuanto a lo que siguió, en aras de la brevedad dejo a la imaginación del lector la composición de la imagen de los amantes paseándose por los peculiares jardines incaicos, provistos de flores multicolores, molles, guayabos, ajíes ornamentales, belladona, tunas, frutillas y plantas aromáticas, con adornos de gusto discutible como árboles, animales y aves de oro y plata “plantados” entre las bellezas naturales, a mi gusto aportándole un toque de ordinariez a la belleza de las sofisticadas fuentes de agua y al trasfondo de nevados y majestuosos picachos andinos no difuminados por el smog (si optamos por creerle a Garcilaso de la Vega, los jardines de los palacios estaban adornados con reproducciones “en oro y plata” de animales como conejos, ratones, lagartijas, serpientes, mariposas, zorros, gatos monteses, pumas, jaguares y aves posando en las ramas de los árboles y otras inclinadas sobre las flores, en posición de beber el néctar. También había “plantaciones” de maíz, con los tallos de plata y las corontas con sus dientes y barbas en oro, además de otras plantas en diversos estados de su desarrollo normal.). Haciendo honor a la fogosidad juvenil que aun sin amor remueve las entrañas y que con amor roza horizontes reservados a los ángeles, o lánguidamente tendidos en hamacas a la sombra de un árbol perfumado, la hermosa Estrella y el apuesto Quilacu fueron contemplados con envidia por todos los dioses y diosas, en especial por los miembros del Sindicato del Olimpo. 
 
Pero nuestro héroe tiene una misión, convenientemente muy peligrosa (de otra manera tendríamos que catalogarlo como suertudo en vez de héroe) y un buen día le tuvo que decir a su amada que debía partir a cumplir con su destino. Primera lágrima que corre por el austero rostro de Pachakamaq, hasta ahora embelesado por los eventos. 
 
Quilacu se presentó valientemente ante el asesino de su padre, como buen jovencito de película, en una gestión que no tendría porqué no costarle la vida a él también pero que debía llevar a cabo porque se lo había ordenado la autoridad a la que debía obediencia. Por otra parte, no era precisamente prudente haber estado viviendo afanes amorosos con la hija del Sapa Inca en el palacio de la madre-suegra-enemiga de éste en vísperas de tan peligrosa misión. Por muchos regalos provenientes de Atahualpa que pusiera a los pies de Huascar y parlamentos expresando la seguridad de la lealtad de su jefatura al Emperador, fue tratado como espía, lo metieron preso y le ejecutaron a su comitiva. Parece que logró mandarle un recado a Mama Rahua Ocllo acerca de su infortunio y parece que ella le salvó la vida, pero el Sapa Inca lo envió ipso facto de vuelta a Quito con el amenazante recado de que muy pronto Atahualpa tendría que rendirle cuentas. 
 
Pero el amor no es precisamente prudente sino que pasa por encima de todo lo razonable. Pese a las órdenes del Emperador, nuestro héroe no podía dejar de ver clandestinamente a su amada una vez más y tratar de reclamarla para sí, intención que de alguna manera consiguió que llegara a su apropiado destino. El encuentro era obviamente muy peligroso y así Estrella de Oro estuvo días enteros oteando el camino, tratando de identificar a su amado en cada peón que cruzara su camino, hasta que éste apareció saliendo de una plantación de choclos muy apropiada para ocultarlo (y seguramente ocultarlos durante el entusiasmo del reencuentro). Quilacu pidió la mano de Estrella de Oro como caballero que era, pero se le dijo que no era oportuno ni prudente por el momento. Con la esperanza de lo que él debe haber considerado un aplazamiento y no una negativa, volvió a Quito a reportarse a su amo y a reiniciar sus obligaciones militares, no sin antes jurarle a su amada lo que Shakespeare expresara tan bien en uno de sus sonetos, el cual insultaré traduciendo así: 
 
“Si la torpe materia de mi ser fuera pensamiento, 
la distancia que nos hiere no me detendría, 
pues el ágil pensamiento puede pasar por encima del mar y de la tierra, 
tan pronto como piensa dónde querría estar. 
Pero ¡Oh! La misma agilidad del pensamiento me dice que yo no soy pensamiento y que, 
hecho de tan pesada mezcla de tierra y agua, 
debo observar impávido el indolente paso del tiempo 
sin recibir de mis torpes componentes más que pesadas lágrimas, 
testigos de nuestras penas.” 
 
Si Shakespeare me perdona y me permite continuar, diré lo que sigue:  
 
La vida tiene muchas vueltas, pero tratándose de amores nunca deja de sorprendernos 
 
Pues finalmente Huascar, previo al clímax de su derrota, mandó a su tristemente célebre hermano Auqui Huanca contra Quito y éste sufrió derrota tras derrota, tras pelotuda derrota. Había que ser tonto para mandar a un hermano inexperto a luchar contra el genio militar de los veteranos generales que Atahualpa heredó de su padre, el quitu Quizquiz y el noble Chalcuchima. Finalmente, por si no lo saben, Huascar fue hecho prisionero (y mucho después asesinado por orden de Atahualpa, siendo él ya prisionero de los españoles) y (casi) toda su descendencia ejecutada, incluyendo niños y mujeres embarazadas. 
 
Pero la guerra ofrece oportunidades para demostrar cuán lejos puede llegar el amor y ésta no fue excepción. Durante la guerra de las fuerzas de Atahualpa contra las de Huascar, precisamente durante la batalla de Yanamarca y en circunstancias en las cuales el resultado era incierto, el general Chalcuchima adoptó la táctica de Pachakutiq de enviar refuerzos en cuanto el enemigo flaqueaba. Podrán Uds. imaginar sin mucho esfuerzo que el comandante de este refuerzo era nuestro héroe Quilacu Yupanqui, quien obviamente luchó con valentía y salvó la situación, pero quien terminó mal herido yaciendo encima de un montón de muertos y allí habría de morir si no hubiese sido por Pachakamaq quien, conmovido hasta las lágrimas, envió a Estrella de Oro a salvarlo. 
 
Hacía 3 años que ellos no se veían, pero ningún día había pasado sin que se recordaran con pasión y dulzura. El malulo de Huascar había determinado que nuestra heroína se casara con un milico de jerarquia, a lo que ella pudo resistirse hasta que se le muere a ella su protectora, la hermanastra de Huascar que la educó. Desesperada, antes que traicionar su amor por Quilacu casándose con su destino de ñusta, cortóse el pelo, disfrazóse de muchacho y fuése siguiendo a un regimiento que trataría de reforzar la posición del Sapa Inca, obviamente con la esperanza de encontrar a su amado al otro lado de la línea de combate. 
 
Herido de gravedad, Quilacu recobró el conocimiento y ¡Oh! ¡loado sea Pachakamaq!, lo primero que vio fue a un muchacho de pelo corto que lo llevó a un estero, prendió una fogata, identificóse como un tal Titu de la localidad (el personaje era, obviamente, Estrella de Oro II), negóse a dar mas detalles y eventualmente encontró una cabaña donde cuidó por semanas a su amado, sin identificarse. Como buen drama de telenovela, algo ocurrió, cuyo detalle dejamos oculto para ofrendárselo a quien acepte el desafío de transformar a esta historia en novela de amor. Pues lo que sea, impidió que Estrella de Oro encontrara la oportunidad para identificarse y consecuentemente los amantes volviéronse a perder. 
 
Mientras tanto, en el bando de los españoles... 
 
De toda la gente que traía Francisco Pizarro destaca don Hernando de Soto, el mejor jinete del lote y probablemente el más instruido y el de mejores sentimientos. Este personaje habría de protagonizar con prudencia los más importantes episodios de la catarsis andina, recibiendo algunos premios, entre los cuales algún día se incluiría a la hermosa Estrella de Oro II, aunque me pese y me resista (la Contraloría celestial me prohibió meterme en eso). Los méritos para tanta suerte están super claros para los historiadores,  aunque me siga doliendo. 
 
En primer lugar, era hombre de confianza de Pizarro y de tal influencia, que don Francisco hubo de mandarlo a una misión bruja para sacárselo de encima cuando Pizarro quiso asesinar a Atahualpa (previa farsa de juicio, por supuesto y “a Dios Gracia”). El tipo que se mandó el impresionante show de equitación frente a Atahualpa, tirándole el caballo casi encima de sus narices pese a estar rodeado por miles de milicos incas en el campamento de Atahualpa, era pues este caballero. Una vez preso Atahualpa, el mejor “amigo” del Emperador, el único suficientemente educado para comprender el significado de la alcurnia del prisionero, era don Hernando de Soto. 
 
Curiosamente honesta y valiente es la imagen que proyecta este señor, buenmozo por añadidura, pero como yo soy malpensado no puedo aun explicarme qué diablos hacía un tipo honesto y educado con Pizarro y cómo es que le permaneció fiel. Alguna tara tiene que haber tenido, pienso yo. 
 
A Inca muerto, coño puesto... 
 
Pasa el tiempo, pierde Huascar, Atahualpa lo hace asesinar pese a ser él mismo prisionero de los españoles, muere el Mundo Andino en manos de los malhechores invasores, pero el decoro exige que al menos uno de los 180 forajidos de Pizarro tuviera un noble corazón, aunque sus hormonas le condicionaran una actitud sumamente práctica. Nos acercamos al tragi-realista fin de nuestra historia de amor. Me declaro absolutamente marginado de lo que sigue y pongo a la Contraloría por testigo. 
 
Yo no hice más que conseguir que engendraran a Atahualpa y a Estrella de Oro II y unir a ella con Quilacu mediante rutilantes lazos de amor al cubo. El resto del arsenal de Cupido se perdió en corazones marchitos o hipoplásicos como el de Atahualpa y otras personalidades del ganado clase 1. 
 
Aniquilados por el cataclismo de la conquista española, no era excepcional que los nobles Incas se encontraran en la más absoluta indefensión. Por otra parte, es posible que algunos seres humanos puedan conservar reservas de generosidad e hidalguia en lo más profundo de sus principios esmaltados por el cochino acondicionamiento de la necesidad. 
 
En medio de la caótica situación del derrumbe del imperio, la (ahora un tanto ajada, supongo) Estrella de Oro II, contactóse con don Hernando de Soto, quien la ayudó a encontrar a Quilacu, los vistió (a ellos, que eran personajes de la nobleza, nótese cuán cruel suele ser el destino), los hizo bautizar como Hernando y Leonora, casarse como manda la Santa Iglesia Católica y los acompañó hasta que el bravo y apuesto Quilacu falleció a consecuencias de sus heridas de guerra (¿empiema pleural crónico?). 
 
Fin del último amorío imperial, diluvio de lágrimas de Pachakamaq, Afrodita y todas las visitas que tomaban tecito y comían canapés y salteñas en el Olimpo, reunidas para observar a los 2 últimos capítulos de mi telenovela. 
 
Comienza el patético fin de la nobleza incaica. En el penúltimo capítulo, don Hernando de Soto, en un gesto de encomiable “generosidad cristiana”, hizo de la viuda Estrella de Oro II su amante y le engendró una hija que dicen que mucho después se casó con un abogado apedillado Carrillo, del Cuzco. 
 
Que su Dios le guarde su generosidad, Sr. Soto. Hastiado de los Pizarros, volvió a España en 1536 llevándose 17.700 onzas de oro, su parte del rescate de Atahualpa. En 1539 partió a una expedición, financiada por él pues ya era muy rico, a Florida. Para dejar constancia de la impresionante gestión de este tipo, sépase que fue él quien descubrió el Mississippi en 1541, con poco más de 40 años de edad. A los 45 años moría de “fiebres” y sus compañeros lo hundieron en el río para que los indios no profanaran su cuerpo (con Felipillo, éste es el segundo personaje que merece un libro escrito por mi brillante pluma electrónica). 
 
En lo que a mi gente respecta, algún día tendré tiempo para buscar a los Carrillo y pedirles disculpas por ser mi intérprete humano quien escribe este relato, descendiente de uno de los conquistadores españoles, aunque él no necesita acordarse del sinvergüenza de Francisco de Aguirre para sentir vergüenza étnica. 
 
 
El desideratum de un dramaturgo: Un Final Perturbador... 
 
Francisco Pizarro era sesentón cuando ejecutó a Atahualpa. Sesentón y un poco más debe haber sido cuando, libre ya de Felipillo, pudo establecerse con tranquilidad y concubinas en la tierra que había conquistado. Con el tiempo, se desembarazó de su socio Diego de Almagro, después de los conflictos entre ambos terminaran con su ajusticiamiento tras la derrota de Las Salinas. 
 
Entremedio, uno de los hermanos de Francisco, Hernando, tuvo una conspicua participación en la Conquista y fue, junto con el mentado Hernando de Soto, parte de la comitiva que contactó con Atahualpa por primera vez (de allí el nexo con nuestra historia, pues a Atahualpa lo engendramos a punta de flechazos de Cupido). Francisco, el principal de los Pizarros, murió tras el ataque de Almagro el Mozo, hijo de don Diego senior, a su mansión en el Cuzco. Hernando Pizarro hubo de servir un tiempo en prisión en España en castigo por los pecados pizarristas, pero servirá como broche para nuestro tragi-patético relato. 
 
Sucede que el fresco de Francisco Pizarro hízose de un buen montón de mujeres, quien sabe con qué ropa. Entre ellas, probablemente no por su propia voluntad, estaba una hermanastra concubina de Atahualpa, doña Angelina, quien desplazó del lugar de favorita de Pizarro a otra hermanastra, la ñusta-concubina Inés Huylas o Yupanqui. Doña Inés tuvo una hija de este mal nacido criador de puercos, Francisca, dama aparentemente dotada de muchos atributos pues tuvo varios pretendientes de alcurnia caucásica (dos de ellos hasta se batieron por ella) hasta que se fue a España en 1551 y se casó con su viejo tío Hernando Pizarro. Era muy bien educada y sus modales favorecieron grandemente el prestigio de su marido cuando fue presentada a la Corte en España. Un nieto de doña Francisca consiguió por fin, en 1628, que el marquesado a secas y sin nombre que Carlos V otorgó a Francisco Pizarro tuviera un nombre comme il faut y así nació la noble estirpe “Marqués de la Conquista”. 
 
Pues maldita sea la leche (los españoles usan una forma gramatical de mayor violencia). Todo lo anterior fue en nombre y por gracia de Dios. Desde que tuve edad para enterarme de estas cosas, Pachakamaq se me empezó a agrandar y hasta ahora no cesa de hacerlo. 
 
“¡Hey!, ¿Qué te pasa Pachakamaq? ¡Vamos, no llores, si era sólo un cuento! ¡Vamos, Pachakamaq!, no me digas que te estás volviendo sentimental. ¡Si sólo estábamos jugando con los humanos!, ¿o no?.. Noooo, mejor que no me respondas... mejor que me vaya de viaje por un tiempecito (parece que la embarré en alguna parte............)” 
 
**********Gentileza de Chuspi********* 
 
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