2014-1911 
Chilenización de Arica 
 
Cuando los chilenos conquistaron este territorio en 1880, la mayor parte de la población era aymara y residía en lo que hoy no son más que pueblos reducidos a una mínima expresión republicana y a una paupérrima existencia. La ciudad misma tenía unos 4.000 habitantes, casi todos negros o mestizos. 
 
El gran contacto que los aymaras tenían con el mundo occidental eran los curitas que vivían con ellos en el interior, directamente y también a través de la gestión económica de la iglesia, administrada por un fabriquero, ciudadano investido de tal cargo por el Obispo de Arequipa y responsable de la administración de la iglesia y de la gestión de los terrenos que ésta administraba. Además debía "propender a todo aquello que contribuya a la conservación de ciertas costumbres piadosas. Debe pues el Fabriquero no omitir esfuerzo alguno para la continuación de todas ellas y muy particularmente en que todos los años cumplan los fieles con las fiestas". Importante gestión aquella, la cual le entregaba al fabriquero armas para constituirse en líder comunitario, lo que para la autoridad chilena se hace intolerablemente evidente en la persona del fabriquero de la iglesia de Putre, Antonio Mollo (también llamado "El Principal", tal era su influencia). A principios del siglo XX, cuando las iglesias de la región de Arica dejaban de depender de los peruanos, este señor protagonizó "delitos escandalosos" en abierta rebeldía contra la autoridad civil chilena, apoyando las festividades religiosas aymaras y oponiéndose a la imposición de las chilenas. Pedro Humire de Socoroma y otros fabriqueros protagonizaron gestiones similares. 
 
El Tratado de Ancón que selló la paz entre Chile y el Perú en 1883, dejó a Tacna y a Arica —entre el río Sama y el río Camarones— bajo la administración chilena por 10 años. La nacionalidad de este territorio sería definida por un plebiscito. El país que perdiera recibiría del triunfador una compensación de 10.000.000 de pesos chilenos o su equivalente en moneda peruana. El plebiscito nunca se realizó porque, pese a la oposición chilena, se estableció que las formalidades de éste se definirían en un protocolo ulterior. 
 
Perú hizo saber en 1893 que sólo consideraría los votos de los ciudadanos peruanos, mientras Chile invocaba el Derecho Romano que indicaba que para los plebiscitos se debía considerar a todos los residentes, con o sin categoría de ciudadanos. 
 
Hay razones para pensar que Chile habría perdido el plebiscito pues por entonces Arica no quería ser chilena. Aun 30 años después del tratado, en 1917, el censo realizado por la autoridad chilena contabiliza a 3.067 personas, 44,6% peruanas, 29,3% chilenas y 26,1% bolivianas. 
 
Desde la firma del Tratado de Ancón las autoridades chilenas trataron de obtener el apoyo de los ariqueños ordenando la vida civil y mejorando la educación. Casi de inmediato empezaron a funcionar las primeras Escuelas Primarias chilenas. Por supuesto que el centralismo propio de Chile impuso desafortunadas reglas que desconocían la identidad regional y los miles de años de evolución cultural andina. En muchos aspectos, nuestros indígenas fueron tratados como si siempre hubieran sido chilenos caucásicos, santiaguinos por añadidura. Por ejemplo, los planes de estudio escolar eran idénticos a los del resto de Chile, como si nosotros no tuviéramos un pasado-presente-futuro andino en vez de insular. Y si cree que critico demasiado, investigue lo que hoy se le enseña a nuestros chiquitines aymaras en los pequeños poblados serranos, pese a la buena disposición de los docentes para entregar una educación más racional. 
 
Pese a las mejoras que introdujo Chile, los aymaras sufrieron con fuerza el cambio de nacionalidad y fueron descritos por un chileno importante como "pobre gente cuyo intelecto se eleva apenas sobre el de las alpacas". Si bien se les otorgó nacionalidad chilena sin mayor trámite a los indígenas nacidos después de 1880, las obligaciones de tal estado resultaron penosas desde muchos puntos de vista, pese a los beneficios de la mejor educación y administración de justicia. Entre otras cosas, en 1911 pasaron a bienes nacionales todas las tierras comunales que, a juicio de los funcionarios fiscales, no contaban con un título de propiedad, con la poco afortunada prohibición de utilizarlas para el milenario pastoreo sin un permiso explícito. Muchas de esas tierras fueron entregadas a funcionarios fiscales: "De las propiedades que no están ocupadas Ud. se servirá indicarme las personas, chilenas se entiende, a quienes se les puede entregar para su custodia y su cultivo". Esto ha creado un litigio que ha resurgido recientemente, pues Chile se comprometió a respetar los títulos de dominio peruanos, lo que en la práctica no se habría cumplido según los lugareños. 
 
En 1890 se ordenó la clausura de las escuelas peruanas en Arica y la expulsión de sus profesores. 
 
Hasta 1910, cuando fueron expulsados por decreto todos los curitas que quedaban en el interior, éstos también eran peruanos y predicaban los intereses de ellos y fueron obviamente hostilizados por el poder civil chileno. Nótese que desde entonces no hay sacerdotes católicos residentes en el interior. 
 
Creada la vicaría castrense en 1911, los capellanes militares chilenos se encargan de la misión cristiana de estas latitudes y se transforman en gestores de la conscripción militar obligatoria, establecida por Ley en 1913, a veces manifestando un abierto menosprecio por los indígenas ("La obra más duradera nuestra ha sido llegar al convencimiento del indígena, clavarles la idea, por medio de la repetición, martillando una y mil veces en la dura cabeza: alcohol, ¡veneno!; coca, ¡veneno!”) y utilizando abusivamente su gestión sacerdotal con fines políticos: "Pero además de estas razones patrióticas y humanitarias, hay otras muy especiales para que cumplan con su deber de votar por Chile los nativos de esta provincia. Ellos, si nacieron después de 1880, son tan chilenos como los nacidos en cualquier otra parte del territorio nacional y todos los consideramos tan chilenos como nosotros mismos y creemos que, si uno de entre ellos no se considera chileno, ha de ser tenido por perjuro y por traidor. Y ¿quién ignora el estigma que señala a los perjuros y a los traidores? Sólo los que permanecen fieles a sus juramentos merecen llamarse hombres". Incluso suspendieron por años la celebración de la Virgen de las Peñas, porque la patrona del ejército chileno es la Virgen del Carmen, mientras que la anterior era peruana y sólo se allegó por estos lares buscando fieles más cariñosos. 
 
Pues así se siguió hasta que el arbitraje solicitado a los EE.UU. recomendó en 1925 hacer el plebiscito de una vez por todas. Las autoridades chilenas continuaron tratando de imponer la chilenidad a la usanza de la época, a la vez que civiles chilenos ("mazorqueros") se organizaban en Ligas Patrióticas que hostigaban, amenazaban, acorralaban y asaltaban peruanos. Tal vez los peruanos protagonizaron canalladas, pero tenemos que ser honestos y aceptar que los chilenos no fuimos inocentes precisamente, sino que todo lo contrario. Eso lo describe con detalles el antropólogo doctorado en estudios andinos Carlos Choque Mariño en su libro “Modesto Mena, un plesbicitario irreductible de Ticnamar” (Corporación Nacional de Desarrollo Indígena, noviembre de 2013). Hago un paréntesis para alabar al libro, basado en lo que se refiere a don Modesto en las memorias de mi amigo Oscar Mena (ver Ticnamar), nieto del plesbicitario. Creo indispensable leer el libro para comprender la magnitud del drama indígena a consecuencias de la chilenización de Arica antes y después del acuerdo de 1929 (consecuencia de la no realización del plesbicito convenido en el Tratado de Ancón que selló la paz entre Chile y el Perú en 1883). Entre Arica e Iquique, las Ligas Patrióticas son responsables de la expulsión de más de 5.000 no chilenos o casi chilenos que habían hecho de esta tierra su Patria pues, como expresó Aristófanes, "El país de un hombre es aquel donde vive mejor". 
 
El plebiscito nunca se llevó a cabo: se repartió salomónicamente el territorio en disputa en 1929, definiéndose la Línea de la Concordia, ubicada a 10km al norte del puente del río Lluta, siguiendo hacia el interior paralela a la línea del tramo chileno del Ferrocarril de Arica a La Paz, con desvíos para dejar a las azufreras del Tacora en territorio chileno. Además se estableció la prohibición de ceder a “una tercera potencia” (léase Bolivia) parte del territorio repartido y construir a través de éste nuevas vías férreas internacionales, sin previo acuerdo mutuo. 
 
Pese a las peculiaridades del texto y a los descontentos de ambos países, este acuerdo era la única solución razonable que quedaba tras tantos aplazamientos y patriotismos antagónicos. Tras cuatro décadas, Perú había conseguido que Tacna fuera peruanísima y Chile, en el más eficiente ejemplo de política fronteriza prospectiva que contiene mi limitado conocimiento de la gestión fiscal, había conseguido ya chilenizar a Arica. Sin embargo, no supo manejar bien el potencial cultural y productivo de los andinos y la política de hegemonía ciudadana terminó en el casi despoblamiento de la sierra a partir de la década de 1960. 
 
Parece que fue el Servicio Militar el principal gestor de la "chilenidad" del indígena ariqueño y de la "peruanidad" del de la sierra de más al norte. Ambos conceptos, categóricamente claros para los peruanos y los chilenos, me molestan y me plantean fuertes inquietudes. No estoy solo en este sentido. Don Augusto Leguia, por entonces Presidente del Perú, dijo al respecto “Ya es tiempo de volver a [lo que nos unió] fraternalmente a la sombra de una historia forjada por héroes comunes y sobre un suelo cuya continuidad trazó la mano de Dios”. Pachakamaq y yo ya somos una multitud de dos que aplaude ese discurso. 
 
A lo anterior yo agregaría que la torpeza fiscal también aportó mártires a nuestros héroes compartidos. En la pampa salitrera pasó algo similar con la "chilenidad", la cual sólo se estableció en Iquique después de la incalificable masacre de la escuela Santa María el 21 de diciembre de 1907. Para que vean cuán poca importancia se le daba a la nacionalidad en la pampa, han de saber que ese día los obreros "bolivianos" y "peruanos" se negaron a salir de la maldita escuela, pues ellos creían tener los derechos de sus hermanos chilenos. Rindiendo honores a la naturaleza trinacional del Tarapacá de entonces, terminaron acribillados igual que los nacidos en Chile. Supongo que a quien dio la orden de abrir fuego le daba lo mismo: al fin de cuentas todos no eran más que tarapaqueños... 
 
El impacto de la chilenización sobre los indígenas fue desastroso, según describe van Kessel. Aparte del proselitismo cultural y nacionalista, Chile implanta una economía “para afuera”, destinada a producir recursos que no retornan a la zona. Ya ni siquiera en los valles altos ni en la cordillera pueden los aymaras desarrollar su estilo de vida, pues “los alcanza la legislación chilena”. Inicialmente, los afecta la nueva economía absorbiendo la fuerza laboral de las comunidades agrícolas precordillenas. Los trastornos más evidentes para van Kessel son: 
 
  • Orientación agrícola hacia la producción de forraje para los caballares y vacunos. 
  • Migración hacia centros laborales en calidad de asalariados. Se prioriza el enriquecimiento personal, por magro que sea. 
  • Pérdida de la autosuficiencia de las comunidades por la atomización de la familia que impide la explotación complementaria de las tierras y el trueque consecuente, abandono de las técnicas agrícolas tradicionales e imposiblilidad de mantener la práctica del ayni (colaboración gratuita con las faenas pesadas de otro grupo, que será retribuida en mano de obra cuando se requiera). 
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    Esta violenta desarticulación es presentada a los indígenas como sinónimo de “progreso”. Sin embargo, ya he establecido que el aymara es porfiado, por lo que consigue rescatar parte de su identidad. Belén, Putre y Codpa en la precordillera, y Parinacota, Socoroma, Cariquima e Isluga en la cordillera, se mantienen como centros de culto de sus “costumbres” y fiestas patronales y aunque deteriorados, persisten como tales hasta mediados del siglo XX. 
     
    Para colmo de males, la iglesia pentecostal, abiertamente etnocida, se infiltra en los espacios aymaras a partir de 1958. A partir de 1975 las fiestas patronales decaen por la disminución de la población rural y el proselitismo protestante. Para entonces, la política etnocida de “reeducación cívica” de Pinochet empieza a hacer efecto. 
     
    La chilenización pudo ser provechosa para los “chilenos”, pero no para los “indios”, “paitocos”, “bolivianos” y otros epítetos que por suerte se están dejando de usar para designar a nuestros indígenas. Pinochet, para bien o para mal, extrema la gestión en aras de la seguridad nacional. De partida, propaga en 1974 el concepto de “vocación minera de Tarapacá”, en circunstancias que ha sido precisamente la minería uno de los grandes factores desestabilizadores de la sociedad andina desde los inicicios de la Colonia. 
     
    Tras militarizar el espacio aymara chileno, en 1980 lo municipaliza, con alcaldes militares por supuesto y organiza juntas de vecinos, centros de madres y bien organizadas escuelas rurales de internado obligatorio. Estupendo para los “chilenos” cuya vida se basa en una inestable depredación de los recursos, pero fatal para una sociedad en equilibrio con la Pachamama y el cosmos. Si Ud. cree que esto es progreso, seguramente desconoce que el Mundo Aymara, esencialmente respetado por los incas, generó a éstos grandes excedentes, jamás reproducidos por la imposición de nuestras costumbres. Era ésta una sociedad con un tremendo potencial productivo y nosotros la transformamos en un conjunto de asalariados que no conocen sus raíces, por añadidura mirados en menos y discriminados. Citando siempre a van Kessel, el aymara se hace sumiso y simulador y hasta hoy, pendiente de conseguir recursos asistenciales. 
     
    Siguiendo con el gobierno militar, se consolidan varias otras situaciones etnocidas. La educación impartida a los aymaras en 1989 fue diagnosticada como etnocida por van der Zee cuando la analizó con los parámetros establecidos por la UNESCO para el respeto de las etnias originales; van Kessel afirma que los alcaldes militares sistemáticamente designaban a “hermanos evangélicos” en los cargos de confianza; el Código de Aguas destina el recurso en forma prioritaria a las empresas mineras, dañando chacras y bofedales (foto) y se rompe el acuerdo panandino de no exportación de camélidos, mandando al exterior a los mejores ejemplares y dañando la calidad genética de los nuestros. 
     
    Desde 1973 dice van Kessel (y agrego que hasta hoy), los regímenes politico-militares, religioso-católico y religioso-pentecostés, “compiten por la clientela aymara”. 
     
    ¿Cuánto queda de la “raza de bronce”, los soberbios guerreros del awqa pacha? ¿Qué hicimos de la “dulce raza de las sierras” de Neruda? Respuesta: un renacer contemporáneo del orgullo racial, organizaciones indígenas bien intencionadas pero con componentes “fundamentalistas” y un futuro que espero que lleve a la coexistencia respetuosa, pero que puede derivar a una estéril y dolorosa gestión confrontacional. Tras ese reciente orgullo de ser aymara se descubre con frecuencia un profundo desconocimiento de sus raíces y costumbres. No todos comprenden, por ejemplo, el ancestral significado de las Cruces de Mayo. 
     
    A los chilenos no les gusta que se les haga presente que el “fair play” británico no es precisamente una de las cualidades nacionales. La apatía y poca cultura del ciudadano común lo mantiene ignorante de los manejos no siempre justos de sus gobernantes. 
     
    El lector está en su derecho si cree que la cultura aymara debe ser destruida en bien de Chile y/o de cualquier deidad cristiana o de otro tipo (y viceversa), pero no tiene derecho a opinar si no se informa debidamente. Sugiero la lectura del artículo del experto mundial en temas aymaras, Juan van Kessel, “Los aymaras contemporáneos de Chile (1879-1990): su historia social” publicado en Diálogo Andino 10:49-72;1991. Allí encontrará argumentos bien fundamentados y se enterará, por ejemplo, que mientras se reconoció oficialmente a la comunidad mapuche en 1883, incluyendo la propiedad de sus tierras y otros beneficios, se ignoró completamente a los aymaras y a su estilo de vida basado en bienes comunales, despojándolos “legalmente” porque simplemente “no valían” como individuos. Revísese nuestro esbozo de cosmovisión andina y podrá comprender la inmensidad de la injusticia sagazmente introducida en los manejos de los conductores de la identidad chilena a principios del siglo XX. Agréguele el golpe de gracia que implicó la doctrina de seguridad nacional y el esquema económico implantado por el último gobierno militar. 
     
    Lo que nunca se debe dejar de considerar es que en el transcurso de nuestros últimos 9.000 años, Arica ha sido oficialmente parte del territorio chileno sólo durante el 0,9% de este tiempo y oficialmente peruana sólo el 0,7%: 
     
     
    Gentileza de Alvaro Romero Guevara, distinguido arqueólogo de Arica. Gráfico elaborado en el año 2011.
     
    Habiendo hecho ese ejercicio, “yo sé que es deseable y obligación de todos, incluyéndolos a Uds., que nos comuniquemos”. En aymara, aruskipasipxañakasakhipuniraskispawa... 
     
     
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