El mito de la Creación Andina, según los cronistas 
 
Omitiendo una infinidad de discordancias y proposiciones poco consistentes, del mito cosmogónico aymara podríamos definir tres períodos o edades previos a la hegemonía aymara circuntitikaka, las que con algunas variantes se pueden asimilar a los mitos incaicos. 
 
1.- La Edad del Taypi. La palabra significa algo así como centro primordial o unidad integradora, donde los opuestos, que son tan importantes en la cosmovisión aymara, pueden coexistir. Existió una humanidad anterior, con la cual se disgustó El Creador y los transformó en los monolitos que hay en Tiwanaku. Luego, al decir de Bernabé Cobo (jesuita que escribió a mediados del siglo XVII, basándose en manuscritos antiguos): “El Creador formó del barro de Tiwanaku las naciones todas que hay en esta tierra, pintando a cada una el traje y vestido que había de tener y... asimismo dio a cada nación la lengua que había de cantar y... las semillas con que había de sustentarse y que hecho esto, les mandó debajo de la tierra... para que de allí fuesen a salir a... los lugares que él les mandase.... Unos salieron de suelos, otros de cerros, otros de fuentes, de lagunas, de troncos de árboles y otros lugares”. 
 
2.- La Edad del P’uruma o Edad de los Chullpa. P’uruma implica estado virgen, salvaje, no trabajado. En esa época, cuando en el mundo no había luz del día sino que ésta era escasa como al anochecer, habrían bajado ejércitos de arriba de Potosí y tomado por la fuerza todo el territorio no ocupado (”p’uruma” = tierra sin cultivar o en berbejo). 
 
Esta Era representa una sociedad salvaje, no organizada, que cuando no existía el sol se alimentaba de la caza ya que casi no conocía la agricultura y que no sabía tejer. Vivían en casas redondas parecidas a un iglú. 
 
Los aymaras llamaban ch’uquila, palabra de significado similar a p’uruma, a los cazadores que vivían en las alturas aun en la época post-Tiwanaku, otorgándoles poderes esotéricos relacionados con los muertos, la oscuridad y las wak'as o lugares y objetos mágicos. Ellos tenían un Dios del mismo nombre, que permanecía en el cielo con una honda y una porra, dependiendo de él la lluvia, el granizo, los truenos y rayos y todos los fenómenos atmosféricos de un cielo nublado. 
 
Hay otra versión que se refiere a las casas tumbas (chullpas). El mito dice que eran casas ocupadas por gente antigua, en vías de salir del primitivismo, pertenecientes a una humanidad anterior al sol, cuando sólo existía la luna. Tenían poderes sobrehumanos y podían ser enanos o temibles gigantes. Las puertas de las chullpas miran al oriente, de tal manera que cuando salió el sol por primera vez quemó a sus ocupantes, quedando en el interior sus restos (que hoy sabemos que son momias de dignatarios posteriores al Tiwanaku). Algunos habrían sobrevivido sumergiéndose en el agua (urus) y otros huyeron a las selvas orientales. 
 
Aun hoy se identifica a algunas etnias como “chullpa puchu” (restos de chullpa), ”gentiles” sobrevivientes de esa humanidad anterior. El más típico ejemplo es el de los chipayas (foto) que viven en las vecindades del lago Poopó en viviendas que parecen un iglú (foto). 
 
En resumen, este período debe entenderse como una expresión mitológica de la transición entre un orden social y cultural primitivo y el surgimiento del Estado (“la ley y el orden”) y la agricultura, gracias a la “aparición” del sol. Desde el punto de vista aymara, puede referirse al desplazamiento de los primitivos chukilas —cazadores— por los primeros aymaras, pastores-agricultores-guerreros. 
 
3.- Edad del Awqa (awqa pacha) o pachakuti. El primer vocablo significa “época de las guerras”. Este período se refiere al establecimiento de los reinos lacustres circuntitikaka tras el colapso del Tiwanaku, en el siglo XII. Es entonces cuando se consolida la versión tradicional de la cosmovisión aymara, utilizando elementos del período histórico anterior, Tiwanaku y luego deformada pero nunca destruida por la “civilización”. 
 
El Creador 
 
Explicar cómo los cronistas trataron de encontrar a un personaje andino primordial que pudiera asimilarse al Dios de los conquistadores es un tema muy complejo porque el concepto de Creador ya había sido manipulado y transformado por la dominación incaica y entre ellos mismos había poca claridad debido a que el pretencioso Pachakutiq (IX Sapa Inca), quien parece que mañosamente trató de que toda la historia y mitología incaica fuera dividida en un “antes de mí” y “después de mí”, otorga más importancia al Sol que a Viracocha. Además, el mismo concepto de Dios andino es probable que no haya sido comprendido por los religiosos europeos, encerrados en la rígida cáscara de la conceptualización “civilizada”. 
 
Aunque el Sol era el divino ancestro del linaje gobernante de los incas, los cronistas hacen aparecer a Viracocha como El Creador, en un estilo tan sospechosamente similar al católico que puede plantearse que tal vez los andinos no poseían un mito que explicara el origen del mundo. Jamás sabremos si fue así (nota). La mitología inca, como todo lo andino, no es inmutable y cambia durante la expansión del imperio para acomodarla a la imagen que querían proyectar como gobernantes. Además de la confusión de los cronistas, cabe preguntarse si acaso los mismos incas no hubieran cambiado sus mitos también durante la decadencia del imperio. En todo caso, la versión que circula es que los incas veneraban a Viracocha como dios principal, pero a medida que se consolida la expansión del imperio van adquiriendo gran respeto por una deidad costera de un pueblo sometido, Pachakamaq. 
 
Pero antes de los incas, los altiplánicos circuntitikaka, probablemente aun antes de los tiwanacotas, habían definido a su propio Dios, Tunupa y aun podríamos hilar más fino, aunque con muchas imprecisiones y buscar deidades primordiales anteriores a Tunupa. Es altamente probable que Viracocha haya aparecido durante el Período Medio (imperios Tiwanaku y Wari) y luego conservado y difundido como  una “versión incaica” del Tunupa pre-Tiwanaku y luego, cuando mucho después los incas conquistan el altiplano, imponen a Viracocha y se confunde la individualidad de ambos hasta hacerlos aparecer un poco diferentes en algunos aspectos menores. Los cronistas los tratan como personajes asimilables o relegan a Tunupa al rol de subalterno de Viracocha, seguramente porque sus fuentes de información son incaicas. 
 
Este es un tema confuso que necesita mayor análisis si se quiere rescatar lo poco que ha trascendido en los papeles de los caucásicos respecto a las creencias andinas ancestrales. 
 
Dioses primordiales 
Los andinos no poseían una “escritura” como tal y sus registros históricos estaban constituidos por tradiciones transmitidas en forma oral (cantares, romances y villancicos), pinturas en tablillas de madera, tallados, monumentos y esculturas. Hay fuerte evidencia que sugiere que los khipus, un complejo de lanas de distintos colores amarradas a una principal, anudadas y relacionadas entre sí de tal forma que por lo menos permitía llevar las cuentas del imperio incaico, permitían también cierto grado de almacenamiento de los acontecimientos, pero el último de los khipukamayux, oficiales imperiales que sabían “escribir” y “leer” en los khipus, se llevó sus conocimientos de escriba a la tumba. Es posible que los khipus pudieran codificar hasta elaboraciones verbales, de sujeto/objeto y aun las relaciones cronológicas entre diversos  eventos. De hecho, los khipukamayux aportaron mucha información a los primeros cronistas, junto con los amautas (hombres sabios), sacerdotes y nobles orejones. Siendo todos ellos parte de la elite administrativa cuzqueña del imperio, el cual tenía por política despreciar e ignorar los méritos de los pueblos sometidos, bien pudieron introducir sesgos de importancia para favorecer uno u otro “interés político” de la sometida nobleza. Lo cierto es que los “provincianos” y peor aún, el ciudadano común adulto (jatun runa), no tuvo en la práctica la posibilidad de expresarse cuando los conquistadores escribieron la historia. 
 
Como los incas “contaminaron” la teogonía andina a su gusto, los antecedentes de lo que contaron a los cronistas deben buscarse en épocas anteriores. Por supuesto, habrá dioses preincaicos que influyeron en la gama mitológica del Tawantinsuyu y que son propios de algún lugar de la amplia extensión del imperio. Pachakamaq, como veremos, es el más importante ejemplo de cuando ya la identidad incaica estaba firmemente establecida. Sin embargo, es razonable buscar a los dioses primordiales en el taypi andino, el centro del mundo, la región del Titikaka. 
 
Recordemos la omnipresencia de los opuestos complementarios en la cosmovisión andina aun más primitiva. Advirtamos además que el concepto de Dios de los andinos no era enteramente homologable al de los cristianos. Tras ello y sin escarbar muy profundo, antes de buscar a un Creador podemos proponer lo que plantea la distinguida historiadora boliviana, Teresa Gisbert, introduciendo cuatro personajes divinos que también nos ayudarán a seguirle la pista al proceso de sincretismo con la religión de los conquistadores. 
 
Habría cuatro dioses principales, o dos pares de opuestos: la diosa de la tierra con el dios del viento (Pachamama/Aahuacasa) y el dios del fuego con el dios del agua (Tunupa/Copacabana). La pareja más importante es la última, posiblemente relacionada con la división del espacio circuntitikaka en el urqu suyu y el uma suyu. Copacabana es amo del lago, se vincula con las sirenas y tal vez provenga de la mitología de los primitivos urus, mientras que Tunupa puede provenir de los pukina, señores de Tiwanaku. Si bien la Pachamama es un personaje tremendamente importante, tal vez por la menor trascendencia de su opuesto adquiere un rol más pasivo (cuadro sinóptico). 
 
El lago es el taypi, lugar donde los opuestos pueden coexistir o interactuar y es precisamente allí donde Tunupa “peca” con dos sirenas. También allí “muere” según el concepto del akaj pacha o dimensión de los humanos, pero sigue en contacto con el agua (río Desaguadero) y a través de ella vuelve a su dimensión no humana hundiéndose en el lago Poopó. 
 
Los católicos que impulsaron el sincretismo, tratarían luego de identificar a la Pachamama con María, a Tunupa con San Bartolomé o Santo Tomás y a Copacabana con el pecado. Hay aqui un interesante material para tratar de explicar la mitología actual del altiplano. 
 
Cuatro personajes para un Creador 
En párrafos anteriores suponíamos, más por “lógica” y según los relatos de los cronistas que por evidencia sólida, que los andinos debieron haber tenido un Dios Creador. Aunque lo más probable es que en su mito original los dioses principales aparecieron después de la Creación, las versiones discordantes de los datos poco consistentes que generaron los cronistas católicos en su afán de “crear” a un Creador, proponen a diversos personajes míticos para ese rol. Verán el enredo que nos armaron los cronistas con sus relatos contaminados por los estrechos límites de su capacidad para entender y/o describir lo que difería de su rígido adoctrinamiento. 
 
Tunupa 
También llamado Tarapaca y con otros vocablos similares, Tunupa proviene del cielo, tiene un rol purificador y se relaciona con el fuego, el vulcanismo y con el rayo. Su mito se origina tal vez en tiempos anteriores a la hegemonía Tiwanaku, antes del surgimiento de los reinos aymaras y consecuentemente, mucho antes de la aparición de los incas. Cuando los incas conquistan a los aymaras, se le superpone la identidad de Viracocha y "entrega" su poder destructivo (rayo) a otro dios que aparece con el nombre de Illapa. Obviamente, el mito de Tunupa es tan evolutivo como todo lo andino. Probablemente se origina a partir de Chukila, Dios de un antiguo culto al rayo, incorporando además poderes vulcánicos. Después, los cronistas lo harían aparecer como un hombre santo, predicador o apóstol. 
 
Tunupa es El Creador altiplánico, si es que tal concepto existió realmente en la mitología andina no contaminada por los católicos, protagonista de la edad del Taypi ya descrita. Pero Santa Cruz Pachacuti, cronista indio de principios del siglo XVII que acomoda patéticamente sus descripciones a los estándares católicos y cuya obra es interesante sólo en lo que se refiere a la transcripción de poemas y cantares épicos incaicos, lo hace aparecer como persona en el altiplano durante la Edad del P’uruma, en forma de un hombre pobre, ciego, flaco, barbudo, de larga cabellera y depurado lenguaje, quien habría desterrado a lo alto de las montañas a los demonios hapiñuños, fantasmas provistos de dos largas tetas, tal vez simbolizando el desplazamiento de los choquelas por parte de los emergentes aymaras. 
 
La figura de Tunupa se prestó para que los cronistas de intenso sesgo religioso quisieran presentarlo como un enviado del Dios de los católicos. Según Ramos Gavilán, uno de los teóricos de los agustinos americanos, Tunupa apareció en Brasil, ciertamente mucho antes de que los españoles hubieran escuchado hablar de América, siguiendo por Paraguay y Tucumán hasta Trujillo, al norte del Perú. Cerca de Cuzco, en Cacha, se disgustó con el ídolo femenino local y lo abrasó con el fuego que envió desde el cielo. Luego llegó a la ribera oriental del Titikaka y en Carabuco, donde moraba el Demonio —quien tuvo que retirarse furioso— Tunupa plantó una cruz en el Cerro de la Idolatría y consiguió convertir a media docena de indígenas. Salió ileso de un atentado incendiario instigado por el Malo pero finalmente éste se las arregló para que lo apresaran y lo azotaran hasta casi matarlo. Luego, atado de manos y pies lo tiraron al lago sobre una balsa y lo liberó "una hermosa señora" (¿la Virgen?). Toda esa historia está graficada en lienzos que guarda la Iglesia de Carabuco, pintados en 1684. 
 
También lanzaron la cruz al agua, pero ésta siguió allí y no pudieron quemarla, de manera que la enterraron. Dicen que alguien la encontró después de la Conquista y hay unos palos en exhibición para “demostrarlo”. 
 
En algún momento Tunupa siguió navegando “a bordo” de su túnica hacia la península de Copacabana  (reino del mal), donde comete un pecado pues se deja seducir por dos diosas locales, mujeres-peces (sirenas). Terminan matándolo en la Isla del Sol, por negarse a adorar al Sol precisamente, embarcan el cadáver en una balsa y dicen que un fuerte viento la llevó al sur y la proa abrió el lecho de lo que ahora es el río Desaguadero y llegó al lago Poopó, desapareciendo (para los cronistas) al sur “donde las aguas se hunden en la tierra”, en el pueblo de Aullagas. Pero otros relatos sugieren que continuó su viaje (hay un venerado volcán con su nombre más al sur, en el Salar de Uyuni) predicando un nuevo orden (y a la vez generando conflictos pues no habría tenido un buen carácter), hasta la costa de nuestro norte y aun hasta Arica. Ya nos refiremos a este tema. 
 
Hay curiosas versiones de religiosos que identificaron a Tunupa como San Bartolomé (foto) o, versión jesuitica, Santo Tomás. Hay un documento de los jesuitas que relata “un tránsito de su pasión, muerte y resurección” asimilable al de Jesucristo, según Chacama y Espinosa. Relata Guamán Poma de Ayala que a su “subproducto”, Illapa, quien se “queda” con el contexto negativo, agresivo y destructor (dios del rayo, la lluvia y el granizo), lo identificaron con Santiago tras haber emitido un espantoso trueno y enviado un rayo sobre la fortaleza de Sacsahuamán, donde se habían hecho fuertes las huestes de Manco Qhapac II en su largo sitio sobre el Cuzco controlado por los españoles. Allí aparece el contexto de mata-indios del patrón de los opresores, ya antes galardonado con el apodo de mata-moros. 
 
En realidad Tunupa es un personaje extremadamente complejo y mal comprendido, quien llega incluso a ser homologado por Bertonio a Ekeko, hoy transformado en el regordete Dios de la Abundancia, en cuyo honor se celebra ahora la Feria de Alsitas en La Paz a partir del 24 de enero. Ekeko es un personaje fascinante por lo que hoy representa y por su origen, que cala hondo en la ancestral panoplia de dioses andinos, pero es otra historia y tendrá que esperar otra oportunidad... 
 
Sin embargo, quienes tengan curiosidad por las raíces culturales andinas del norte de Chile, podrán interesarse es una segunda parte del mito de Tunupa, quien, después de llegar al lago Poopó, continúa su peregrinaje hacia Chile y su costa, donde tal vez adquiere el nombre de Tarapaca o Taapaca, y hay un venerado volcán Tunupa en el Salar de Uyuni (foto), un volcán Taapaca cerca de Putre (foto) y nuestra zona siempre se llamó Tarapacá (nota con información adicional). 
 
Viracocha 
Viracocha ya era Dios de los pukina del Tiwanaku y de sus contemporáneos Wari del norte del Perú. El mito incaico de Viracocha es similar al de su antecesor Tunupa. También creó a los andinos después de destruir a la primera humanidad y lo hizo más o menos copiando la gestión de Tunupa, también hizo un viaje transmitiendo orden y cultura por la región y también quemó al ídolo de Cacha, pero tenía ayudantes (otros “Viracochas”) y con ellos terminó caminando mar adentro desde el actual Ecuador. Tunupa figura a veces como uno de sus hijos, ayudantes y/o enemigo celoso. En algún momento, alguien le puso una barba a Viracocha, lo que es absolutamente inusual entre los andinos. 
 
Pedro Sarmiento de Gamboa, el hábil matemático, navegante y aventurero de mediados del siglo XVI, hace emerger a Viracocha del lago Titikaka después de un diluvio que eliminó a una humanidad pretérita y entonces su historia se asemeja a la de Tunupa. Pero Betanzos (contemporáneo quechua-parlante de Sarmiento y de Cieza de León y cuñado de Huascar y de Atahualpa) no menciona el diluvio, hace aparecer a Viracocha por primera vez para crear el cielo y la tierra y luego por segunda vez, emergiendo del Titikaka cuando reinaba la oscuridad y allí su historia se asemeja a la de Tunupa. 
 
Demasiada ambigüedad como para no pensar que Viracocha fue acomodado por los cronistas, siguiendo el “modelo” Tunupa,  para “encontrar” en el Mundo Andino a un Creador que calzara más o menos con sus propias creencias y así validarlas en una proyección planetaria, más allá del ámbito europeo católico. Lo que en realidad pensaban los incas era que lo que él y sus ayudantes hicieron fue explicar a los animales (humanidad incluida) y a los vegetales, lo que debían hacer en el planeta. 
 
Es interesante constatar que los incas no le construyeron templos como a Inti y a Pachakamaq, excepto en Cacha y otros pocos lugares. Tampoco se le pudo asimilar tan fácilmente al cristianismo como a Tunupa, tal  vez porque, siendo venerado por los incas, fue víctima del esfuerzo deliberado por desprestigiar lo andino. Tunupa en cambio, era cosa del pasado para los españoles. 
 
Además de ser sospechoso de la usurpación de los méritos de Tunupa, Viracocha es una deidad difícil de definir y asociada a muchos contextos muy diferentes. En algunos modelos figura más como un fenómeno que un Dios, una magnitud invisible de la cual el Sol era su principal manifestación física. De hecho, es la única singularidad que no reside en una de las tres dimensiones de la cosmovisión andina (arriba, abajo y la dimensión donde moran los humanos y lo que los rodea). 
 
Inti 
Se nos complica más el tema cuando llegamos a Inti, el Dios Sol de los incas, esposo-hermano de la Luna y a menudo definido como hijo de Viracocha. Hay discordancias en cuanto a su padre, pues según un mito costero su hermana era la Luna y ambos eran hijos de Pachakamaq y Pachamama. Siendo niños los atacó un monstruo y huyeron hacia el cielo, donde se convirtieron en los respectivos cuerpos celestes. 
 
Es teóricamente el Dios principal de los incas pero tal vez fue perdiendo importancia a medida que progresaba el imperio, o bien los incas fracasaron, por no haber dispuesto del tiempo necesario, en hacerlo aparecer como el principalísimo dios panandino. 
 
Concordando con la estrategia jesuita de restarle importancia y darle la categoría de un sirviente de baja categoría, el padre Juan Valera afirma que el gran e incomparable Tupaq Yupanki —el “Alejandro Magno” andino— a quien ciertamente no conoció pues era abuelo de Atahualpa, plantea abiertamente dudas en cuanto a su pretendido rol de Creador, argumentando, entre otros conceptos, que es un esclavo de su ruta, “como una bestia amarrada [a un palo] que no cesa de dar las mismas vueltas, o como un dardo de va donde se le envía y no donde desearía”. El padre de Tupaq Yupanki, Pachakutiq (abuelo de Wayna Qhapac, el Sapa Inca en ejercicio cuando los españoles pisaron por primera vez el territorio imperial) parece haber modificado drásticamente los registros históricos para acomodarlos a sus intereses y al rol de conquistas imperiales que empezaban a adquirir los conflictos bélicos incaicos, iniciando el enredo de roles entre Viracocha e Inti. A veces se confunde Viracocha con Inti y viceversa, como le ocurre a Betanzos y a su contemporáneo Sarmiento. 
 
Hasta hoy, cada año, cuando la eclíptica solar llega a su máxima declinación hacia el norte y empieza su progresivo traslado al hemisferio sur —el solsticio de invierno (inicio de la primavera en el hemisferio sur)— se le ofrendan diversas actividades en una gran fiesta denominada Inti Raymi, la cual en épocas pretéritas incluia sacrificios humanos. En un mundo tan dependiente de la actividad agrícola como el incaico, el Sol y la trayectoria que anualmente proyecta el mediodía sobre la superficie del planeta (eclíptica), no podrían dejar de ser muy importantes, aun cuando el rol de Inti como Creador es aun más débil que el de Tunupa, Viracocha o Pachakamaq. 
 
Dejémoslo pues, como un cómodo argumento de la elite incaica que otorgaba una justificación divina a su rol gobernante, a través de un fenómeno extraplanetario inconfundible pero omnipresente y de extrema trascendencia o “poder” visto desde el ámbito de los jatun runa (campesinado común adulto, que tributa, sin derecho a holgazanear, viajar, cometer adulterio, etc.). Por algo fueron capaces de protagonizar una hazaña de las dimensiones de Tawantinsuyu... 
 
Pachakamaq 
Visto en forma simplista, con Tunupa plagiado por los pukinas, waris e incas, la poca consistencia de Viracocha y la obvia falacia del Sol como dios, quedaba abierta la posibilidad para que otro personaje asumiera el rol de deidad principal. Esto pudo haber sido consecuencia de otras circunstancias, pero por cierto Pachakamaq (Pachacamac) casi pasó a ser el dios más importante: se lo impidió, tal vez, el que los conquistadores se sentían bien cuando les llamaban Viracochas y a la importancia que le dieron al Sol por la riqueza en oro destinada a su culto. Además, siendo una deidad costera y debiendo competir con Inti, le faltó tiempo para trascender en los altos, a la vez que probablemente se salvó porque los españoles mataron a Atahualpa. Este ya había hecho matar a los sacerdotes de un oráculo en Huamachuco por haber vaticinado que sería vencido por su hermanastro Huascar y estaba decepcionado con los sacerdotes de Pachakamaq (los trataba de mercaderes) porque se equivocaron en la terapia prescrita para salvar a su padre, Wayna Qhapac, de la epidemia de sarampión que se extendió a partir de 1525 tras el abortado desembarco de los españoles previo al que consiguió conquistar el territorio. 
 
En el altiplano aymara o quechua-parlante de hoy no se conoce a Pachakamaq, pero sí fue un favorito de las últimas dinastías incaicas prehispánicas. 
 
Su nombre podría significar “Creador de Todas las Cosas” pues viene de "pacha" (tiempo, espacio, totalidad) y del verbo "kamay" (crear), con la terminación "q", que significa "el que hace" . Pero “kama” también significa animar, dar vida y en quechua, alma. Por eso es que Garcilazo de la Vega, aunque no sea una referencia confiable, lo define como “aquel que hace al Universo lo que el alma hace al cuerpo”, liberándolo de la imposición católica de posible Creador. Si se hubiera querido decir que fue el creador de la humanidad, su nombre sería probablemente "Runakamaq". Algunos cronistas lo asimilan lisa y llanamente a Viracocha, pero aparece a veces como hijo de Viracocha y también dicen que el mundo lo formó y pobló Viracocha, pero lo puso a punto Pachakamaq. La última es una buena manera de conciliar a ambas deidades pues Viracocha terminó por irse a lugares desconocidos por vía marítima y sus fieles nunca lo conocieron muy bien. 
 
La localidad de Pachacamac queda cerca de la costa, a una treintena de kilómetros en línea recta desde Lima. Desde antes de la dominación incaica existía allí un templo con un oráculo de mucho prestigio. El mismo Tupaq Yupanki, padre de Wayna Qhapac y abuelo de Atahualpa, habría estado ayunando allí durante 40 días y construyó un nuevo templo vecino al antiguo, dedicado al sol. 
 
Con el prestigio del oráculo, el lugar adquirió mucha importancia y riqueza, por lo que Francisco Pizarro, mientras aun estaba en Cajamarca, envió a su hermano Hernando a saquearlo, pero los sacerdotes se le adelantaron y ocultaron la mayor parte del tesoro. 
 
El templo y construcciones accesorias como el monasterio, ocupaban una colina artificial. Venciendo la resistencia de los sacerdotes, los españoles, ayudados por un inesperado temblor de la tierra, lograron entrar al oscuro santuario, maloliente por los restos de los animales y posiblemente humanos sacrificados y se encontraron con el ídolo, de figura monstruosa pero con dos piernas, dos brazos y también dos caras humanas, una mirando para adelante y otra para atrás. Lo destruyeron y en su lugar plantaron una cruz. 
 
Según algunos cronistas, los sacerdotes, llamados “uno”, eran sodomitas, lo que podría concordar con la sospecha de que Pachakamaq estaba adquiriendo un aire de bisexualidad, por lo menos sugerido por sus dos caras. Cabe señalar que, si bien los incas parecían ejercer una cierta homofobia, la sodomía ritual o religiosa no era excepcional en las regiones costeras. En todo caso, estaba casado con Pachamama a quien le engendró el Sol y la Luna. 
 
Cómo se estableció un sincretismo con el dios Sol y luego con Viracocha es algo que ignoro, pero el hecho es que Pachakamaq pasó a ser una importante divinidad costera, inusualmente aceptada y venerada por los incas. El mismo Titu Atauchi ejecutó al español Cuéllar en el mismo garrote en que mataron a su hermano Atahualpa, porque lo “manda Pachakamaq” y el gran general Challcuchima, uno de los dos pilares del ejército de Atahualpa, murió poco después como hombre de honor en la hoguera, tras haber rechazado el bautismo, sin más debilidad que el nombre de Pachakamaq dibujado en sus labios. 
 
Un mito relata que antes existió un dios malhumorado, Con, que castigó a la humanidad, haciendo a la tierra estéril y transformándolos en bestias, lo cual fue luego revertido por Pachakamaq. Otra leyenda dice que el varón de la primera pareja de humanos se murió de hambre y que el sol se aprovechó de la viudez de la mujer y le engendró un hijo. Pachakamaq, celoso, mató al bastardo, pero aprovechó sus dientes para crear el maíz, los huesos para la yuca y quién sabe qué más. Pese a lo anterior y a estar vinculado con los terremotos, Pachakamaq era un dios atractivo y bueno, tanto, que enseñó a los humanos el gusto por las artes. Su vinculación con los movimientos telúricos parece lógica cuando se piensa de su área de influencia se extendía por la costa desde Tumbes hasta Arica, región particularmente rica en terremotos a lo largo de los siglos. 
 
Su poder y trascendencia no podía dejar de molestar a los Conquistadores. Cieza de León, cronista habitualmente serio e inclinado a describir las costumbres de los originales con más dedicación que otros contemporáneos, aun dejando mal a los españoles cuando le parece, no trata bien a Pachakamaq en su obra La Crónica del Perú, escrita en 1550. Escribe, en una prosa que modifiqué para facilitar la lectura, “..este malvado demonio Pachacama, al ver que ha perdido su crédito y autoridad y que ha perdido a muchos seguidores, le dice a los más viejos que el Dios que los cristianos predican y él son la misma cosa y con engaños procura estorbar para que no sean bautizados”. 
 
De no haber sido tan poderoso, no le hubieran dado categoría de un ente real y no lo hubieran atacado tanto. Es “mi” candidato a Dios supremo a la llegada de los españoles. De hecho, los dos lugares sagrados de mayor importancia para los incas eran la Isla del Sol en el lago Titikaka y Pachacamac. 
 
Hay un par de historias suyas vinculadas con Arica. Una de ellas cuenta que había dos hermosas mellizas que desvelaban a Sajama, Tacora, Guallatiri y a otros poderosos jerarcas. Sajama raptó a una de ellas y Tacora lo enfrentó, pero Sajama le acuchilló el vientre dejándole una llaga purulenta (la veta de azufre del volcán). Sigue una larga lucha entre ambos, involucrando al Illimani, hermano de Sajama, hasta que Pachakamaq los convierte a todos en volcanes. Las mellizas son los Payachatas (foto). Guallatiri sigue enamorado de ellas y si uno las mira mucho se enoja y lanza fumarolas por su cráter (foto). Eso me consta y también que Sajama sigue siendo soberbio (foto) y que el vientre del Tacora sigue supurando... 
 
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