Sincretismo religioso andino 
 
Tratemos de comprender cómo la imposición de una religión y ética foránea y “antinatural” para los andinos, ha conseguido, hasta ahora, canalizar la inconmensurable capacidad de gestión de nuestros indígenas. 
 
Los frailes de los conquistadores 
 
Desde sus inicios, la intrusión de los "civilizados" priorizó el proselitismo hasta niveles que hoy nos parecerían exagerados, pero que eran propios de la época (por entonces se sufría dolorosamente la Inquisición en Europa). La gestión de los Conquistadores debía ser legitimada por religiosos, quienes además asumirían la administración y planificación de materias civiles y eclesiásticas. La Corona designó para ese efecto a la orden mendicante de los Dominicos, encargados de la Inquisición con los Franciscanos. A los pocos años se admitió a los últimos y a los albos de la Orden de Santa María de la Merced (Mercedarios), también mendicantes, para asistir a los primeros.  
 
Naturalmente, los europeos no pudieron comprender de inmediato la ética y el misticismo de ese mundo que se había desarrollado en forma absolutamente autónoma,y tuvieron la natural tendencia a "asimilar" las creencias y rituales autóctonos a la "verdad" de ellos (de los europeos), por entonces un dogma indiscutible si uno apreciaba la vida. 
 
Ofreciendo el cielo a cambio de nada (contraviniendo el prevalente principio de reciprocidad de los andinos: "yo te doy, tú me das") y no pudiendo cumplir sus ofrecimientos pues para la pragmática visión del andino ninguna de las promesas del credo cristiano se cumplió jamás, estas ordenes seculares fracasaron en su misión de convertir a los "salvajes" y fueron reemplazados en 1574 por las ordenes regulares, Jesuitas y Agustinos. 
 
Es pertinente describir brevemente a estas órdenes religiosas, pues son en gran parte responsables de lo que hoy es el indio andino. 
 
Los Dominicos, supervisores de la Inquisición, desde principios del siglo XIII trataban de combatir las herejías a través de la prédica y una vida austera, mendicante. A esa orden pertenecía Vicente de Valverde, el fraile adscrito a la expedición de Francisco Pizarro y también —paradojalmente— el defensor de los indios, Fray Bartolomé de Las Casas y Santo Tomás de Aquino. La Corona dispuso inicialmente que fueran ellos quienes evangelizaran a los peruanos. 
 
Los Franciscanos, también vinculados a la Inquisición, se originan poco antes que los anteriores y viviendo en forma mendicante se dedicaban a la prédica y a la asistencia social. Llegaron a América con Cristóbal Colón y con el tiempo llegaron a ser tan poderosos en América como los Dominicos, particularmente en los territorios del actual Méjico, Colombia, Ecuador, Venezuela, Panamá y parte de Perú. Su influencia en la actual Bolivia fue tardía y de menor importancia. En Arica se establecieron en 1637, con un hospicio en La Chimba (más o menos donde hoy está el Hotel El Paso) para los religiosos en tránsito a la sierra. 
 
Los Mercedarios, también mendicantes que aparecen a principios del siglo XIII para ocuparse de los cristianos prisioneros de guerra, se dedicaron después a la labor cristiana en las cárceles en general. Cuando Diego de Almagro llegó a Arica en diciembre de 1536, de vuelta de su decepcionante expedición a Chile, lo acompañaban dos frailes de esta orden, Fray Antonio Rendón Sarmiento y Fray Francisco Ruiz Castellano, quienes habrían sido los primeros en celebrar misa en Pica, Tarapacá y Arica. La orden fue también la primera en establecerse en Arica, con un convento que ya existía en 1594. 
 
Los Carmelitas tuvieron un importante protagonismo en la catequización del altiplano. Se iniciaron a fines del siglo XII como una comunidad de ermitaños y después de Las Cruzadas se organizaron como una orden mendicante liberada de la exigencia de vivir en soledad, con muchas analogías con los Dominicos y Franciscanos. La fracción más estricta usa sandalias en vez de calcetines y calzado, por lo que se denominan carmelitas descalzos. Una de sus principales funciones era el trabajo en misiones. 
 
Los Jesuitas constituyen una orden regular fundada en 1534 para difundir el credo a través de la prédica, la educación y el trabajo de misiones donde lo requiriera el papado. Su labor docente fue muy exitosa desde su inicio y en América destacaron por sus Misiones Jesuiticas, un formidable trabajo de organización de reducciones indígenas en Paraguay, Argentina y Brasil, formando una especie de "reino jesuitico" con una población de más de 150.000 indígenas y que se mantuvo por casi dos siglos. Por diversos motivos que no describiremos, la Compañía de Jesús fue combatida por el clero y en 1767, en un día preciso, fueron detenidos todos los jesuitas de América del sur y luego devueltos a Europa, donde también se les expulsó de varios países. 
 
La otra orden regular enviada a América en 1574, fue la de los mendicantes Agustinos, oficialmente reconocidos a principios del siglo XIII pero con una compleja historia previa que se remonta al siglo V y se vincula a un complejo personaje del siglo anterior, uno de los más grandes "doctores de la iglesia", San Agustín de Hipona. 
 
La Inquisición en América 
 
Los religiosos que envió la corona para asumir el rol de las órdenes seculares de la Conquista, entraron en conflicto con éstas por el argumento de que no habían sido capaces de convertir a los autóctonos. Presionados fuerte e insistentemente, los andinos terminaron por aceptar el credo impuesto, pero lo incorporaron como un elemento más de su gama de dioses y creencias, adoptando más bien algunos elementos litúrgicos que los principios doctrinarios. No tardaron los Jesuitas en descubrir que, bajo la máscara impávida del sometimiento y la conversión, los indígenas seguian realizando sus cultos idólatras en la clandestinidad. Entonces, con el respaldo de la Inquisición y el financiamiento de la Corona, se instituyó la gestión de los "extirpadores de idolatrías". La estrategia de Felipe II, fielmente interpretada por el Virrey Toledo, abiertamente servida por el cronista Sarmiento y hasta continuada por Felipe III, era justificar su invasión haciendo aparecer a los Incas como tiranos indeseables. Para hacerlos “gente buena” había que cristianizarlos y para eso había que destruir y prohibir todo lo que fuera sagrado. 
 
Consecuentemente, se ejecutaron extensas, bien programadas e ineficientes campañas de "convencimiento" (1610, 1625, 1646). Uno de los objetivos principales era la destrucción de las wak'as (santuario, lugar sagrado) y se ha denunciado que esta gestión, aunque inspirada por la fe, tuvo un componente muy poco piadoso: el saqueo de la riqueza en oro, plata, gemas y otros tesoros que allí había. O sea, podríamos hablar de sacerdotes huaqueros... 
 
Uno de los "extirpadores" era un Carmelita descalzo que visitó Arica y Tarapacá en 1618, ocasión en la que, entre otras proezas, quemó un pueblo llamado Isquilza porque "los más eran idólatras". 
 
Pastoral parroquial de la tolerancia 
 
A partir de 1661 el afán “extirpador de idolatrías” cedió el paso a una paternalista tolerancia dogmática y moral frente a las "costumbres" (ya no idolatrías) de los indígenas. La implementación de una estrategia basada en la construcción de parroquias con órdenes de tolerar un culto con variaciones autóctonas, impulsa a los "Pueblos de Indios", donde la parroquia hace de centro de un pueblo ceremonial en el territorio de una comunidad aymara trashumante. 
 
Los Dominicos, encargados por expresa disposición de la Corona de evangelizar a los peruanos, tenían una posición dura frente a las creencias indígenas y ordenaron, por ejemplo “quitarles de los ojos todo aquello... que tiene visos de antigüedad entre ellos y se puede temer... que las tengan por divinas. Y así se tiene por mandado [que] en ninguna parte... se pinte el sol, la luna ni las estrellas [para evitarles] volver a sus antiguos delirios y disparates”. Esta actitud confrontacional, prohibitiva no parece compartida por los Agustinos, quienes con una actitud más pragmática tratan de que los indígenas identifiquen al Sol con el Dios católico y de hecho, hasta hoy se puede ver al sol y a la luna en la hermosa portada del convento que construyeron en Potosí en 1625 (foto). Su fórmula es: Dios=Sol o bien, el Sol es el fecundador de la Tierra (Pachamama) como Dios es el fecundador de María. Los Jesuitas, por su parte, haciendo honor a su actitud de refinada intelectualidad, plantean que el Sol y la Luna son elementos subordinados al Creador de los cristianos. El Sol no es más que un yanacona (criado descastado) de Dios: “Si el sol fuera Dios, no tuviera la nube poder para oscurecerlo”. 
 
Esto nos lleva a dos interesantes problemas sincréticos: la formidable trascendencia de la Pachamama (madre tierra) y del principal dios andino, sea éste Tunupa, Viracocha o Pachakamaq, tiene ahora, en virtud de la pastoral de la tolerancia, que asimilarse “pacíficamente” a un personaje católico de alta categoría. Además hay que buscar una identidad andina que pueda asimilarse al Espíritu Santo y otras apropiadas para algunos apóstoles o santos importantes. 
 
Resumiendo estas materias aprenderemos algo de la mitología andina básica y de su realidad sincrética contemporánea. Trataremos de hacerlo con objetividad, neutralidad y respeto hacia todas las creencias involucradas, en un intento por informar sin caer en gestiones proselitistas. 
 
El pobre legado de los cronistas 
 
La gran dificultad en definir a los personajes divinos primordiales del Mundo Andino reside en la pobre calidad de los relatos de los cronistas de la conquista. Dependientes de la Corona, tratando de sobrevivir en un mundo dominado por la Inquisición y obligados a servir los intereses de sus amos, señores de jerarquia institucional y/o inusual poderío, debieron omitir observaciones y sentirse naturalmente inclinados u obligados a deformar la realidad observada para no entrar en conflicto con el poder, además de que íntimamente no podían ver sino a través del cristal distorsionador de sus propias creencias. 
 
Aqui hay que hacer mención a la tragicómica tendencia de los religiosos del siglo XVII en cuanto a elaborar relatos pavorosos y pueriles de cómo Dios castigaba a esos degenerados y abyectos indios, como si quisieran reforzar los esfuerzos de Toledo por hacerlos aparecer como los “malos”. 
 
Parte de la verdad es que, cronistas y religiosos, solían ser poco cultos y/o parciales o debían trabajar en una peligrosa clandestinidad tratando de enviar denuncias encubiertas a las autoridades, que no pudieran ser detectadas por el poder local. 
 
Lo último es el caso de las obras “Nueva Crónica” y “Buen Gobierno”, firmadas por Felipe Guamán Poma de Ayala, consideradas como el más valioso documento descriptivo de la época, aunque no exento de una lamentable tendencia a darle el gusto a los católicos intransigentes de la época, aceptando introducir mitos y/o conceptos insostenibles. ¿Cuánto de lo que creemos saber del Mundo Andino es cierto y cuánto no es más que una falacia producto del efecto de la implantación no muy respetuosa de la “civilización”? 
 
La omnipresencia del sincretismo religioso en Arica 
 
Si por un momento yo pudiera dar vida a una quimera educada tanto en la esencia del pensamiento andino original como en la ética y moral occidentales, tal vez ésta reclamaría que, cuando no hace mucho el Papa pidió perdón por el empleo de la violencia "en el ejercicio de LA verdad", se estaba repitiendo el gran error histórico de los católicos: pretender que SU Verdad es LA Verdad y por lo tanto aplicable así no más a una sociedad y cultura tan peculiar como la del Mundo Andino. 
 
LA verdad, cuando el término se emplea con su real significado, es elusiva en nuestro Mundo “civilizado”. El aymara de antes y el de hoy es profundamente religioso y buena parte de sus esfuerzos ceremoniales van dirigidos a iconos cristianos. Sin embargo, aunque ninguna autoridad de ningún tipo hará ningún esfuerzo por profundizar en  este tema para evitarse conflictos con otros poderes fácticos, cualquiera puede comprobar la existencia de numerosos indicios del proceso sincrético que explica de una manera “más andina”, menos ingenua, el accionar litúrgico aymara. Para muestra, sólo dos entre muchos ejemplos claramente identificables en nuestro ámbito ariqueño. 
 
Las Cruces de Mayo 
A principios del mes de mayo, las laderas de nuestros valles suelen verse adornadas al anochecer por una serpenteante fila de antorchas que asciende hasta cierto lugar. Mientras la mayoría de los chilenos citadinos se preguntan lo que puede estar sucediendo, valle adentro han transcurrido días de intensa actividad religiosa y social, de origen ancestral. 
 
Cada parcela o caserío que se precie, mantiene durante todo el año una cruz a no mucha altura en la ladera aledaña (foto). El 3 de mayo, para celebrar la cosecha, el encargado (alférez, cargo anual elegido por los concurrentes al término de las celebraciones) y su séquito, suben a bajar la cruz y durante más o menos una semana se dedican a restaurarla, pintarla de verde, adornarla con flores, frutas artificiales, aves y telas vistosas de fuertes colores, como los que usan los altares de los templos católicos. Finalmente, el último día, el alférez prepara una gran fiesta invitando al lugar a sus principales relaciones, algunos de los cuales (hermanos, por ejemplo), vendrán de Oruro o de La Paz nada más que para asistir al evento. 
 
Tras rendir individual y colectivamente iterativos saludos y respetos a la cruz, con incienso, hojas de coca y libaciones, se sirve un suculento desayuno en forma de una sopa a base de harina de maíz con ch’arkhi, trozos de carne, papas y/o ch’uñu, granos de maíz, ají, etc.: es la kalaphurk’a (foto), originalmente terminando su cocción introduciendo piedras— kala— calientes en la vasija. Luego llega una orquesta de bronces y tambores que animará la fiesta hasta que, después del mediodía, se sirve la watya o watia (pachamanka en Perú), un sabroso cocimiento subterráneo de carne, papas, camotes, humitas (humintas), etc., que demora horas en prepararse (foto). Al atardecer, tras centenares de latas de cerveza que se reparten incesantemente y varias libaciones de “licores finos” (dulces), una solemne y a veces tambaleante comitiva seguida por todos los comensales, lleva a la cruz a su lugar de reposo, donde tras la liturgia se elegirá al nuevo alférez y los participantes comprometerán su ayuda al financiamiento de la ceremonia del año siguiente (foto). 
 
En las 12 horas de fiesta, el orgullo de ser aymara es un tema recurrente, así como la incesante gestión proselitista de los más fervientes, quienes quieren hacer creer que en todo lo andino hay un orden católico ya establecido antes de la conquista. 
 
Pues LA verdad es otra. En el amplio abanico de la mística andina, existen unos personajes que se denominan achachilas, espíritus protectores del lugar que moran en lo alto de los cerros. Son sexuados (los machos son Mallku y las hembras T’alla), poderosos (exigen respeto y ofrendas cuando corresponde) y viven, como diríamos, en otra dimensión, repartiéndose la responsabilidad de los fenómenos atmosféricos durante un cabildo que se realiza anualmente. Sus rebaños son la versión salvaje (p’uruma) de los de los humanos: guanaco y vicuña por llama y alpaca, zorro por perro, cóndor por gallina, puma por gato. 
 
Las apachetas son un tributo al Mallku local, responsabilidad de los viajeros. Los residentes veneraban al Mallku levantando un arco de madera en los cerros, adornado con “ropas” multicolores. Hoy, sobre la cruz se conserva el arco, el Mallku no se menciona y ni siquiera lo conocen muchos de los invitados y la ceremonia deriva fuertemente hacia la litúrgica católica, pero LA verdad es que, pese a la cruz, la trascendencia del Mallku se extiende hasta nuestros días. 
 
En otras regiones del país circuntitikaka no se conoce a la Cruz de Mayo ni al Mallku, pero la ceremonia persiste, con variaciones. En Chuquisaka (Sucre, Bolivia), el ejemplo más conspicuo es el de los pukaras. Allí no se reconoce al vocablo como villa fortificada, pese a que precisamente el poblamiento quechua de la región se debió a conflictos bélicos con los amazónicos durante la dominación incaica, los que obligaron a edificar muchas de estas estructuras. Para una de las etnias locales más ricas en tradiciones, el pukara es una especie de plataforma de troncos oblicua, la cual, en el transcurso de una fiesta importante, se llena de productos de las cosechas para agradecer la producción. 
 
La Cruz, la Pachamama, el pukara y el Mallku, se relacionan con un concepto ancestral, con diferentes nombres. No es católico, ni idólatra, ni bueno ni malo, ni tiene más dueño que el andino: simplemente ES y será. 
 
Pero lo que he invertido en esfuerzos por elaborar esta obra me autoriza a reclamar. Debo manifestar mi repudio a aquellos que se dedican, con buenas intenciones en general, al proselitismo religioso, moderado o fundamentalista. Cuando tratan de hacer creer al aymara que la cruz cristiana llegó a sus tierras antes de que naciera Jesús, que Tunupa fue uno de los apóstoles y que la Cruz de Mayo es un culto a las deidades caucásicas, están haciendo un daño muy grande a las comunidades indígenas a las que pretenden ayudar, porque están contribuyendo a su aniquilación como entidad social y étnica. En vez de contribuir a su educación, se les trata de atiborrar con idolatrías caucásicas. Ellos deberán responsabilizarse de las consecuencias. Si lo que quieren es destruir a los aymaras, sigan entonces con su accionar tendencioso... 
 
El Jesucristo de Parinacota 
 
Atrio y frontis de la iglesia de Parinacota.
 
Las pinturas murales de autoría indígena en la iglesia de Parinacota se datan hacia fines del siglo XVIII. La iglesia fue construida en el siglo XVII en el altiplano ariqueño y reconstruida en piedra en 1789 pero conservando sus pinturas murales, las cuales muestran los efectos de la tolerancia en la expresión del resultado conceptual distorsionado del sincretismo religioso altiplánico. Jesús es crucificado por españoles en vez de romanos, su rostro no muestra más emoción que un poco de curiosidad y su cuerpo parece tener contornos femeninos, lo que concordaría con los senos explícitamente resaltados en relieve en un fresco que representa a San Jerónimo. 
 
San Jerónimo.
 
Jesucristo, de peculiares contornos, es crucificado por “los malos”, españoles para el artista.
 
¿Cómo explicar las peculiaridades físicas de estos personajes de Parinacota? El tema no se menciona siquiera en las pocas referencias que he encontrado. Hay unas pocas fotografías más de la iglesia de Parinacota en esta página, pero la mejor referencia es la publicación "Pintura mural de tradición colonial , Región Arica-Parinacota" de la Universidad de Tarapacá. 
 
El autor del mural pintó lo que entendió de su adoctrinamiento y por alguna razón los eclesiásticos responsables del lugar toleraron esa expresión. Lo curioso es que, si bien contamos con lo que podría ser una peculiaridad cultural que muchos eruditos del mundo debieran conocer, en el ámbito académico y religioso se le ignora o se le oculta. Investigadores académicos locales hicieron una presentación del contenido de esos murales en el ámbito científico, con croquis y esbozos del diseño general de la obra, sin mencionar estas peculiaridades. En Arica, en la capilla del Poblado Artesanal, hay cuadros con fotografías muy ampliadas de algunas de las imágenes: aquella que muestra las glándulas mamarias parece deliberadamente adulterada para ocultarlas 
 
No es mi propósito criticar las creencias de algunos, sino dar un ejemplo de cómo, aun hoy, hay elementos riquisimos del Mundo Andino que se manipulan para que se ajusten al pensamiento occidental y católico prevalente. ¿Cuál es, entonces, LA verdad? 
 
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